viernes, 1 de julio de 2016

PREFACIO


    Las creencias en lo sobrenatural son casi tan antiguas como el origen del Hombre. Evolucionado de sus ancestros primates, el Homo Sapiens comenzó a creer que todo aquello que ocurría en su hostil alrededor era debido a entidades sobrenaturales que guiaban el devenir de los acontecimientos. Además, el miedo fue otro de sus primitivos sentimientos, por lo que sostener unas buenas relaciones con los “creadores” de sus vidas y sus entornos fue quizás su principal actitud ante el difícil panorama de la supervivencia. Así, la aparición de deidades de todo tipo, ídolos, brujos, ángeles, misterios, leyendas, entes fantásticos, encantamientos, etc.,etc. fue algo natural, un proceso de evolución de la consciencia para defenderse de los infinitos peligros que continuamente le acechaban. 

     Nacieron entonces una serie de entidades sobrenaturales que gobernaban el mundo y a las que había que rendir un culto especial, una “adoración”, ya que de ellas dependía absolutamente todo y había que mantener una relación de sumisión extrema. Es decir, el hombre primitivo creó lo sobrenatural, no lo sobrenatural creó al hombre primitivo. Más adelante, las hazañas de las deidades creadas fueron recogidas en escritos que, de cierta forma, daban carta de naturaleza a la propia existencia de dichos entes. Así nacieron los mitos y las mitologías plasmadas en libros, “sagradas escrituras” que a cada deidad se atribuía con mayor o menor éxito a la hora de ser seguidos por más o menos creyentes. Si usted cree ciegamente en alguna de las 4.200 religiones que existen en el mundo, seguramente su fe merezca un hueco en uno de esos 4.200 cielos que habitualmente se contradicen unos a otros. Durante milenios, millones de personas han creído en dioses que hoy ni siquiera se recuerdan. Los humanos les rezaron, les erigieron templos e incluso mataron por ellos, pero hoy aquellos seres todopoderosos no existen. Tampoco existían entonces, pero ahora no existen ni en la memoria colectiva. Son religiones extinguidas. 

     El número total de dogmas y evangelios desaparecidos es incalculable. En realidad, ni siquiera se sabe con certeza cuántas creencias diferentes siguen vivas. “Se puede afirmar con seguridad que nadie sabe con exactitud cuántas religiones hay, aunque la mejor estimación es 4.200”, señala el filósofo estadounidense Kenneth Shouler en su libro The Everything World’s Religions Book. Es la misma cifra que ofrece Adherents.com, una página web especializada en acumular datos de religiones actuales. Otros cientos habrían desaparecido, o incluso miles, si tenemos en cuenta que muchos paleoantropólogos sostienen que otras especies humanas, como los neandertales, tuvieron creencias religiosas cientos de miles de años antes que la nuestra. 

     De aquellas especies quedan huesos fósiles. De sus religiones, ni eso. El profesor estadounidense Daniel Abrams saltó a los medios de comunicación en 2011, cuando su equipo vaticinó mediante modelos matemáticos la desaparición de las religiones a medio plazo en los nueve países que estudiaron. Eran Australia, Austria, Canadá, la República Checa, Finlandia, Irlanda, Países Bajos, Nueva Zelanda y Suiza, países en los que los censos disponían de datos de afiliación religiosa en el último siglo. La tesis de Abrams, de la Universidad Northwestern, y sus colegas era sencilla y ya la habían aplicado para calcular el ritmo de desaparición de idiomas minoritarios. Los científicos parten de la base de que un grupo social con muchos miembros es más atractivo para un ciudadano, y de que un grupo social tiene un estatus y una utilidad. Por ejemplo, argumentaban, en Perú puede ser más útil y tener un estatus superior hablar español que quechua. Lo mismo estaría ocurriendo con las religiones en los países ricos, en los que las iglesias se vacían. 

    Un Eurobarómetro de 2010 mostraba que el 51% de los europeos cree en un dios, otro 26% cree en alguna clase de “espíritu o fuerza vital” y un 20% es ateo. El ateísmo es mayor en Francia (40%), República Checa (37%) y Suecia (34%), pero sigue siendo residual en países como Grecia (4%) y Rumanía (1%). “El hecho es que las personas sin afiliación religiosa constituyen el grupo religioso que más crece en cualquier parte del mundo donde hay datos disponibles. Y las personas sin afiliación ya son mayoría en varios lugares. Nuestro modelo sugiere que esta tendencia continuará”, explica Abrams. ¿Se podría calcular cuántas religiones se han extinguido a lo largo de la historia? “Es una pregunta difícil”, responde Abrams. “Debería ser posible obtener una estimación aproximada del orden de magnitud. El problema es que incluso esa estimación sería subjetiva, porque no hay una manera aceptada mundialmente para determinar si dos sistemas tienen suficientes elementos en común como para constituir una sola religión”, matiza. “Se parece bastante a intentar contar el número de especies que han vivido en algún momento en el planeta, pero es incluso más complicado”. 

     En su libro “Romper el hechizo: la religión como un fenómeno natural”, el filósofo estadounidense Daniel Dennett propugna la investigación científica de las religiones e intenta predecir su futuro. En una de sus hipótesis más radicales, el fenómeno religioso ya agoniza. “En este escenario, aunque puede haber algunas manifestaciones de resurgimiento locales y temporales, o incluso algunas catástrofes violentas, las grandes religiones del mundo pronto se extinguirían, como lo hacen cientos de religiones menores que se desvanecen antes de que los antropólogos puedan siquiera registrarlas”, reflexiona Dennett, codirector del Centro de Estudios Cognitivos de la Universidad de Tufts (EEUU). En ese escenario extremo, “nuestros nietos vivirán la transformación de la Ciudad del Vaticano en el Museo Europeo del Catolicismo Romano, y la de La Meca en El Mágico Reino de Alá de Walt Disney”. 

     La ciencia tiene cada vez más claro que existe una correlación entre inteligencia y religiosidad pero es negativa: los más inteligentes tienen tendencia a ser menos religiosos. Al menos esa es la conclusión principal de una investigación que repasa todos los estudios que han analizado esta relación entre intelecto y fe desde comienzos del siglo XX. Para los autores de este metaanálisis, la religión cumple una serie de funciones para el ser humano que explican su pervivencia a lo largo de la historia. Pero, para un número creciente de personas, sus mayores habilidades intelectuales hacen innecesario a dios.  El trabajo, publicado en  “Personality and Social Psychology Review”, ha recopilado todos los estudios que han encontrado sobre religión e inteligencia. Consultaron los archivados en la base de datos de la Asociación Americana de Psicología que se ajustaran a términos de búsqueda como coeficiente de inteligenciaIQ, inteligencia o habilidadess cognitivas y, también temas como religión, espiritualidad, o creencias religiosas. Además revisaron uno a uno los artículos aparecidos en revistas científicas especializadas en religión y consultaron en Scholar, el buscador académico de Google, con la combinación de palabras religión + IQ + inteligencia.

     Encontraron 62 estudios. La mayoría medían la inteligencia con alguno de los test IQ o, en particular en el caso de investigaciones con estudiantes, mediante exámenes de aptitud. Las mediciones de la religiosidad eran más heterógeneas, desde escalas de creencias religiosas a preguntas del tipo vas a misa. Los científicos codificaron todos esos valores para permitir una comparación estadística. “53 estudios mostraron una correlación negativa mientras 10 presentaban una correlación positiva”, dice el estudio. Es decir, desde un punto de vista estadístico, altos valores en la variable A (inteligencia) se corresponden con bajos valores en la variable B (religiosidad). Además, en 33 de ellos la correlación negativa era significativa: los valores difícilmente se pueden deber al azar o a un error en el muestreo.

     Pero correlación no significa causalidad. ”No sabemos si hay una relación causal y no descartamos otros posibles factores que puedan influir en la correlación”, dice el profesor del departamento de psicología de la universidad de Rochester (EEUU) y coautor del trabajo, Miron Zuckerman. Pero analizaron otras variables como edad, sexo, raza o educación. Las tres primeras no afectaban a la correlación y, en la última, sólo un estudio establecía que sí, pero también era negativa. La historia de esta problemática relación entre inteligencia y religiosidad la inicia una serie de estudios de la universidad de Iowa en 1928. Dos científicos examinaron por separado correlatos entre sentidos, capacidades motoras y cognitivas con la religión. Se incluyeron test de inteligencia en la batería de tareas a realizar por los sujetos a estudio. Ambos trabajos encontraron que, a mayores niveles de inteligencia, menores grados de religiosidad. 30 años después, el investigador Michael Argyle recopiló todos los estudios publicados hasta entonces realizados con estudiantes y jóvenes. Su conclusión fue similar: “los estudiantes inteligentes tienden a aceptar menos las creencias ortodoxas y tienen una menor probabilidad de tener actitudes pro religiosas”. Sin embargo, los años 60 concentran la mayoría de los estudios que encuentran una correlación positiva o inexistencia de ella entre religiosidad e inteligencia. En varios de los trabajos se destaca el papel mediador del ambiente social en el que uno crece para explicar el ateísmo o teísmo.

     En la última década la ciencia ha vuelto a poner sus ojos en la cuestión y, la práctica totalidad de los estudios apuntan a una mala relación entre habilidades intelectuales y creencias religiosas. En 2009, un amplio estudio en 137 países mostró una relación de nuevo negativa entre niveles medios de inteligencia y religión. En la segunda parte del trabajo, los investigadores, sin afirmar que exista una relación causal, intentan explicar porqué los inteligentes suelen ser menos religiosos. Tres son las hipótesis que se plantean. Por un lado, el ateísmo sería una expresión de inconformismo. Los inteligentes tienen una menor probabilidad de conformarse con la ortodoxia religiosa. Una segunda posibilidad tiene que ver con las habilidades cognitivas. Al inteligente no le basta, no puede aceptar las creencias que no están sujetas a examen empíricoo el razonamiento lógico. Su estilo cognitivo, más analítico que intuitivo, les hace refractarios a la religión. 

     Esta es la tesis más aceptada en la actualidad. Pero los investigadores apuestan por lo que llaman equivalencia funcional. Si la religión ha pervivido durante tantos milenios es porque cubre una serie de necesidades humanas. Para los autores del estudio, la inteligencia también las puede cubrir. Así, la religión permite un encaje emocional, ofrece la visión de un mundo ordenado y predecible. También ayuda a autorregular los impulsos, ajustando la conducta en pos de objetivos. Otra de sus características es que eleva la autoestima. Por último, ofrece un rincón, un sistema cohesionador que da seguridad en tiempos de incertidumbre. La inteligencia, según este trabajo, también puede prestar estos servicios.

     “Una de las funciones de la religión es ofrecer respuestas a las cuestiones existenciales. Yo creo que una alta inteligencia también ofrece estas respuestas”, opina Zuckerman. Pero hay una de las funciones que cumple la religión en la que la inteligencia no la puede sustituir y por eso los investigadores no la han incluido en su concepto de equivalencia funcional: “La única reserva que tenemos sobre esto es que la religión, al responder a las preguntas existenciales, alivia en cierta medida, el miedo a la muerte. Como decimos en el estudio, no tenemos constancia de investigaciones que demuestren que la inteligencia proporciona una función similar”. 

     Al hablar de mitos y mitologías hay que tener muy en cuenta el punto de vista o las creencias del que habla de ellas. Para el que ha sido educado en una cultura y con unas tradiciones, fruto precisamente de esos mitos, todos los personajes mitológicos y sus hazañas son básicamente reales. En cambio, para el que las estudia fríamente desde afuera, muchos siglos después de que las culturas inspiradas por esos mitos hayan dejado de existir, sin que las creencias mitológicas hayan tenido nada que ver con la propia formación, tales relatos heroicos y leyendas carecen por completo de sentido.

      Para un sincero cristiano, Júpiter, por ejemplo, con todas sus liviandades olímpicas y extra olímpicas, y Osiris con sus incestos, son puras supercherías, fruto de la mente fecunda de los autores antiguos. Y sin embargo, ese sincero cristiano —incluso con títulos universitarios— oye con devoción los sabios rebuznos de la burra de Balaam porque ve que su amada Biblia (¡la palabra de Dios!) así se lo dice expresamente en el libro de los Números.

      Es cierto que hoy los escrituristas tienen muchas maneras de explicar racionalmente toda esta facundia asnal, o cualquier otro de los muchos hechos peregrinos que nos encontramos en la Biblia. Hoy día el sector más avanzado del cristianismo dista mucho de leer la Biblia al pie de la letra y ha dejado muy atrás los años en que se veía el dedo de Dios en cada verbo, en cada adjetivo y en cada coma de los «libros sagrados». Aunque en contraste con esta postura inteligente, hay que decir que en el seno de protestantismo hay una ola creciente de fundamentalismo irracional y fanático que todavía sigue tragando sin masticar toda la mitología bíblica como si hubiese sidodictada al pie de la letra, por el mismo Dios en persona. 

     Los teólogos y escrituristas inteligentes dentro del cristianismo, aquellos a quienes el hecho de haber mamado conjuntamente la leche y la fe no les ha privado de la capacidadde la autocrítica ni de la visión panorámica, defienden muy bien sus creencias y dogmas distinguiendo entre las diversas «verdades de fe». Hay hechos ante los que un cristiano no puede dejar de creer, bajo pena de ser hereje; y hay hechos y creencias dentro de la propia religión que pueden aceptarse o no, sin que ello afecte para nada a la ortodoxia y al status del individuo dentro de su Iglesia. Por ejemplo, las apariciones de Lourdes y Fátima, por muy oficialmente aceptadas que hayan sido por Roma, pueden ser o no aceptadas por el simple fiel, sin que esto lo haga reo del infierno.

      Pero esta misma capacidad de crítica la vemos en los pueblos antiguos con relación a sus mitologías. Según nos dicen los mitólogos, los pueblos antiguos sabían distinguir en sus creencias, entre las «historias verdaderas» y las «historias falsas». A los que hemos sido educados en el seno del cristianismo, nuestros dogmas nos han parecido por años cosa bastante lógica, mientras que a otros que oyeron hablar por primera vez de ellos cuando ya habían llegado a la adultez, les suenan a algo sin sentido e inadmisible. 
  
     Para un musulmán, la reencarnación hinduista o la transubstanciación católica son puro mito. Para un budista, el Dios personal cristiano es puro mito. Para un cristiano enfervorizado en su fe, Crishna, Quetzalcoatl o Zoroastro, verdaderos Cristos en sus respectivas religiones, apenas si tuvieron existencia real. Cada loco con su tema. La Tierra es un planeta poblado de mitómanos que no quieren oír hablar de los mitos de los demás y que están dispuestos a romperse la cabeza en cualquier momento por defender su propio mito.Y eso es ni más ni menos, lo que hemos estado haciendo repetidamente a lo largo de la historia: guerrear por nuestras míticas religiones.

      ¿No habrá llegado ya el momento de comenzar a sospechar cada uno de su propio mito, viendo la firmeza y la seguridad conque otros —vistas desde otro punto de vista— son falsas? ¿Por qué cada uno se empeña en decir que lo que él piensa es la realidad, mientras que lo que los demás creen, es mito? ¿Han caído en la cuenta los cristianos de que el número de personas que en este planeta cree en mitos, es en la actualidad y ha sido siempre, enormemente superior al número personas que acepta las doctrinas cristianas? ¿Qué hace el Dios cristiano que permite que siglo tras siglo, la mayor parte de la humanidad siga en el error? ¿Es que no le interesa su «salvación»?

      El cristianismo es una religión «salvacionista» y toda su teología es «soteriológica», tal como le llaman los entendidos, es decir, relativa a la salvación. Esto presupone que el hombre, desde que entra en este mundo, está mal visto por Dios, y por lo tanto necesita una ayuda especial para reconciliarse con Él y a fin de cuentas salvarse. La palabra salvación es una palabra clave en el cristianismo al igual que las palabras revelación, redención, encarnación y condenación. Expresado de una forma más clara, todo hombre entra en este mundo con un pecado, lo cual hace que sea visto como manchado a los ojos de Dios. Con el fin de liberar al hombre de esta mancha y de ayudarlo a que no se manche más, y no lo sorprenda así la muerte, viene al mundo el propio hijo, redime o lava al hombre de su pecado de nacimiento (redención) y de aquellos en los que pueda incurrir durante su vida, y le da laoportunidad de salvarse evitando así su condenación eterna. Esta es, en esencia, la filosofía subyacente en toda la teología cristiana. Y con toda honradez tenemos que decir que semejante filosofía, o semejantes creencias, son total y absolutamente míticas y en gran medida ecos o restos, cuando no copias, de otros mitos de pueblos más antiguos.

     En cuanto a las creencias en sí mismas, tenemos que preguntarnos de inmediato: salvación… ¿de qué? ¿De qué me tengo que salvar? ¿De un pecado que no cometí? En la moderna jurisprudencia nadie es culpable de nada, hasta que no se le pruebe lo contrario, pero en la jurisprudencia cristiana, en la que el mismo Dios es el juez, sucede a la inversa: todo el mundo es culpable, aunque no haya cometido delito alguno. La razón para ello es que «sus padres cometieron el pecado». Y si profundizamos un poco más e indagamos acerca de quiénes fueron esos padres pecadores, y qué clase de delito enorme cometieron, que fue capaz de manchar a miles de millones de hombres a lo largo de miles de años, nos encontramos con más mitos. El mito de los «primeros padres» que no solo está en las viejas mitologías prejudaicas sino que contradice frontalmente a lo que en la actualidad nos dice la ciencia acerca de la aparición del hombre en el planeta.

     Y de nuevo preguntamos: a salvarnos ¿de qué? ¿De un infierno que no existe? Si existiese un Dios personal, que en realidad se sintiese padre de los habitantes de este planeta, se sentiría ofendidísimo por esta calumnia que le han inventado los cristianos. ¿En qué cabeza cabe que un verdadero padre tenga tormentos eternos para sus hijos, por muy mal que estos se porten? Semejante aberración cabe únicamente en las cabezas enfermas de fanáticos con autoridad que quisieron transferir a los fieles los tormentos internos de sus mentes desajustadas o amargadas, ¡quién sabe si por su forzado voto de castidad, o el Padre en sus cálculos? ¿Será Satanás superior a ambos en estrategias para atraer a los hombres al pecado? Y ¿quién ha fabricado tan mal al hombre, que únicamente con una ayuda extraordinaria es capaz de ser bueno y merecer la salvación, y aún así la mayor parte no son capaces de conseguirla?

     ¡Usemos nuestra cabeza! Todas estas son preguntas que se caen de su peso y no son invenciones de ningún iluminado que nos quiera imponer creencias nuevas. Son interrogantes lógicos que todo cristiano que se precie de conocer a fondo su fe, debería hacerse desde el momento en que deja la infancia y tiene capacidad de pensar por sí mismo. No sigamos tragando estas monstruosidades «sagradas» con la misma ingenuidad con que oíamos los cuentos de la abuelita. ¡Despertemos! Sacudamos de la mente los mitos que tienen aprisionada nuestra mente y quien sabe si angustiada, por el miedo al más allá. Rebelémonos contra el mito de que somos pecadores por nacimiento. ¡Somos seres humanos!  
      
     Con mil limitaciones, enfermedades y defectos, pero también con una gran inteligencia para darnos cuenta de todo lo que nos rodea y con un cuerpo milagroso capaz de profundas sensaciones, y con una mente capaz de sentimientos casi divinos. ¡No tenemos que vivir acomplejados pensando siempre en quién nos va a salvar! ¡Somos los hermanos mayores de las otras criaturas de este hermoso planeta que habitamos! ¡Somos los hermanos del viento, de las flores y los arroyos, de los animales —ingenuos y hermosos—y del cielo azul! ¿Por qué hemos de vivir angustiados, pensando que Dios puede estar enfadado con nosotros? ¿Por qué hemos de sacrificarnos sin más ni más, para que Dios nos mire con complacencia?

     Esta rebeldía va dirigida contra los mitos sagrados que desde niños nos han incrustado en la conciencia; contra las creencias asfixiantes que se nos han impuesto como «voluntad de Dios», contra las tradiciones castrantes y los ritos absurdos que nos aprisionan la mente y la conciencia impidiéndonos ser libres. Esta rebeldía va dirigida contra una filosofía pesimista de la vida, que nos inclina a creer que en la renunciación, en la austeridad, en la pobreza y en la mortificación de los sentidos, está la verdadera sabiduría y la recta preparación para el más allá. Y que tras el placer y la belleza se esconden trampas mortales para la eterna salvación.    

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