lunes, 29 de febrero de 2016

CAPITULO 3: DIOS Y LOS CANALLAS



    Los tiempos bíblicos no debían de ser fáciles, y tal presunción hace que la mera mención de cualquiera de los grandes varones del libro nos invite a imaginarle como un faro de honradez y valor en época de canallas. La mayoría supone que los varones que eligió Dios para pactar sus relaciones con la humanidad debían ser selectos como ninguno de la especie, pero una lectura detenida de la Biblia nos informa justo de todo lo contrario.

    La actriz Mae West dijo que «las chicas buenas van al cielo, pero las malas van a todas partes». Si le cambiamos el género a esta frase, podremos aplicársela como un guante a lo más granado de entre los varones benditos de Dios. Ignoro si los chicos malos veterotestamentarios fueron al cielo, pero la Biblia nos demuestra que, a pesar de su maldad, o quizá justo por ella, no sólo fueron a todas partes, sino que gozaron del favor divino.

    El Libro del Génesis nos cuenta con claridad meridiana algunos episodios de la vida de Abraham en los que éste se comportó como un cobarde y mentiroso, permitiendo que su hermosa esposa fuese carne de cama de reyes. Pero, ante tan deplorable conducta, Dios calló y le premió con parte de las riquezas de aquellos a quienes engañó y que, a pesar de ser completamente inocentes, fueron castigados ferozmente por un Dios cómplice del primer gran patriarca de Israel.

    “En el país hubo hambre, y Abram [Abraham] bajó a Egipto a pasar allí un tiempo, pues el hambre abrumaba el país. Estando ya para entrar en Egipto, dijo a Saray [Sara], su esposa: «Estoy pensando que eres una mujer hermosa. Los egipcios al verte dirán: "Es su mujer", y me matarán para llevarte. Di, pues, que eres mi hermana; esto será mucho mejor para mí, y me respetarán en consideración a ti».  Efectivamente, cuando Abram entró en Egipto, los egipcios notaron que la mujer era muy hermosa. Después que la vieron los oficiales de Faraón, le hablaron a éste muy bien de ella; por eso Saray fue conducida al palacio de Faraón, y en atención a ella, Faraón trató bien a Abram, quien recibió ovejas, vacas, burros, siervos y camellos. Pero Yavé afligió con grandes plagas a Faraón y su gente a causa de Saray.

    Entonces Faraón llamó a Abram y le dijo: «¡Mira lo que me has hecho! ¿Por qué no me dijiste que era tu esposa? Y yo la hice mi mujer porque me dijiste que era tu hermana. ¡Ahí tienes a tu esposa! ¡Tómala y márchate!». Y Faraón ordenó a sus hombres que lo devolvieran a la frontera con su mujer y todo lo suyo (Gn 12,10-20)”.

    Todo un modelo de conducta. Ese primer patriarca de Israel, reverenciado en las tres religiones monoteístas de base bíblica como «el epítome de la fe humana en la voluntad de Dios» y receptor del primer pacto de Dios con el que será «su pueblo elegido», aparece descrito en la Biblia como un cobarde que se aprovechó de su esposa Sara, que mintió gravemente y la obligó a ella a mentir, a fingir y a dar su cuerpo en cama ajena, sacando un gran beneficio tras venderla como concubina al faraón por un muy buen precio, a juzgar por todo lo que Abraham pudo obtener en Egipto «en atención a ella».

    A más abundamiento, Abraham incumplió ostentosamente una de las prohibiciones divinas en materia de cama —«No tendrás relaciones con tu hermana, hija de tu padre o de tu madre, nacida en casa o fuera de ella» (Lv 18,9) y «No tendrás relaciones con tu hermana, hija de tu padre aunque de otra madre. Respeta a tu hermana: no tendrás relaciones con ella» (Lv 18,11)—, aunque esa grave transgresión, penada con la muerte a lo que se ve, a Dios no le importaba en absoluto.

    Pero la indecente conducta de este santo varón acabó siendo superada, más allá de toda mesura, por Dios, que no sólo permitió los delitos de Abraham, sino que «afligió con grandes plagas al Faraón y su gente a causa de Saray», y cualquier lector conoce ya cómo se ensañaba Dios a la hora de castigar con plagas a los egipcios (véase Éxodo 7 a 11).

    Dios, en una de sus habituales muestras de injusticia, según lo describe la Biblia, no sólo no castigó a Abraham, único culpable de que Sara se allegara al faraón, sino que le propició riquezas y le premió con el más alto honor alcanzado por un varón bíblico... mientras que al pobre faraón (y a su corte), que obró siempre de buena fe y con decencia, Dios le machacó sin la menor piedad. Para dar un mejor y más completo ejemplo a las futuras generaciones de lectores de la palabra de Dios, Abraham, impune y rico tras su canallada en Egipto, repitió la misma maniobra en Guerar con su rey Abimelec. Así lo cuenta el Génesis:

    “Abraham se trasladó de allí al territorio del Negueb y se instaló entre Cadés y Sur; después fue a vivir un tiempo a Guerar. Abraham decía de su esposa Sara: «Es mi hermana». Oyendo esto, el rey de Guerar, llamado Abimelec, mandó a buscarla para él. Pero en la noche Dios habló a Abimelec en sueños y le dijo: «Date por muerto a causa de esa mujer que has tomado, porque es casada». Abimelec no la había tocado aún y dijo: «Pero, Señor mío, ¿vas a dar muerte a un pagano que es inocente?» Él me dijo que era su hermana, y ella también me dijo: «"Es mi hermano". Yo he actuado con corazón sencillo y con manos limpias».

    Dios le dijo: «Yo sé que lo hiciste con corazón sencillo y por eso te he librado de pecar contra mí, y no he permitido que la tocases. Ahora devuelve su mujer a ese hombre, porque es un profeta. Él rogará por ti y vivirás. Pero si no se la devuelves, debes saber que morirás sin remedio, tú y todos los tuyos».

    Abimelec se levantó muy de mañana, y llamando a todos sus oficiales, les contó privadamente todo esto. Ellos, al oírlo, quedaron muy asustados. Llamó entonces Abimelec a Abraham y le dijo: «¡En qué dificultad nos metiste! ¿En qué te he ofendido, para que traigas sobre mí y mi país un pecado tan grande? Te has portado como no debe hacerse». Y Abimelec le preguntó: «¿Por qué has hecho eso?». Respondió Abraham: «Pensé que si no había temor de Dios en este lugar, podrían matarme por causa de mi esposa. Pero es verdad que es mi hermana, pues es hija de mi padre, aunque no de mi madre, y ha pasado a ser mi esposa. Desde que los dioses me han hecho caminar de un lado para otro, lejos de mi patria, le dije: "Tú me harás el favor de decir, en cualquier lugar donde lleguemos, que soy tu hermano"».

   Abimelec mandó traer ovejas y bueyes, esclavos y esclavas y se los dio a Abraham, al mismo tiempo que le devolvía su esposa Sara. Después Abimelec agregó: «Ahí tienes a mi tierra, puedes vivir donde quieras». Y a Sara le dijo: «Le he dado a tu hermano mil monedas de plata, que serán para ti como un velo que tiendas ante los ojos de todos los que están contigo, y así nadie pensará mal de ti». Entonces Abraham oró por Abimelec, y Dios curó a Abimelec, a su esposa y a sus esclavos, a fin de que pudieran tener hijos. Porque Dios había vuelto estériles a todas las mujeres en la casa de Abimelec, a causa de Sara, esposa de Abraham (Gn 20,1-18)”.

    En esta historia, Dios tuvo al menos el detalle de advertir a Abimelec de que Sara era una mujer casada, evitando una relación sexual que, al parecer, le importaba mucho más a Dios que al marido. Pero, sin embargo, Dios, a pesar de lo que le dice al rey y de reconocer expresamente que no había llegado a pecar, le castigó igualmente con la peor de las maldiciones de esos días: la esterilidad de sus mujeres. Vemos aquí, como en innumerables y diversos pasajes del Antiguo Testamento, que el dios bíblico es muy proclive a la saña y no le importaba en absoluto si las víctimas de su sagrada ira eran inocentes o culpables a la luz de sus propios y cambiantes criterios divinos.

    El faraón o Abimelec quizá hubiesen llegado a comprender las razones divinas para sufrir su injusto y caprichoso castigo si el dios bíblico les hubiese confesado lo que algo más tarde le diría a Moisés: «Pues tengo piedad de quien quiero, y doy mi preferencia a quien la quiero dar» (Ex 33,19). Así es Dios. Abraham le gustaba, Sara también, pero los monarcas egipcio y filisteo y sus familias y pueblos le caían fatal. Qué le vamos a hacer. Dios actúa tal como le dicta su divina gana. La enseñanza divina del paso de Abraham por Guerar muestra, de nuevo, como el mentiroso saca muy buena fortuna de su indignidad y el protagonista de la historia, el gran patriarca del pueblo elegido de Dios, se apropia de más riquezas, tierras y dinero como resultado de un engaño que, según reconoce, puso en práctica «en cualquier lugar donde lleguemos», y de los que Egipto y Guerar son tan sólo dos destinos durante su largo peregrinar.

   La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: buena es la cobardía y la mentira si enriquece a un creyente de su cuerda, sin importar ni un ápice que provoque dramáticas e injustas consecuencias en quienes creen en otros dioses ... pero la cosa no acabó aquí. Como una de las muchas muestras del desbarajuste total que es la Biblia, con decenas de historias idénticas que se aplican a diferentes personajes, épocas o situaciones, y a menudo con moralejas contradictorias entre sí, veremos ahora una nueva versión de la historia de este capítulo, pero protagonizada por Isaac, hijo de Abraham y, al parecer, tan cobarde como el padre, pero menos listo.

    “Hubo hambre en el país —ésta no se debe confundir con la primera hambruna que hubo en tiempos de Abraham—,[60] y fue Isaac a Guerar, hacia Abimelec, rey de los filisteos (...) Isaac, pues, se estableció en Guerar. Cuando la gente de aquel país le preguntaba quién era la mujer que iba con él, les decía: «Es mi hermana». Porque tenía miedo a decir que era su esposa, para que no lo fueran a matar por causa de Rebeca, que era muy bonita. Llevaba ya bastante tiempo allí, cuando Abimelec, rey de los filisteos, mirando por una ventana, sorprendió a Isaac acariciando a Rebeca. Entonces Abimelec mandó llamar a Isaac y le dijo: «¡No puedes negar que es tu mujer! ¿Por qué has declarado que es tu hermana?». Isaac le contestó: «Es que pensé que por causa de ella me podrían matar».

    Abimelec replicó: «¡En qué dificultad nos metiste! Por poco uno de aquí se acostaba con tu esposa y tú nos cargabas con un delito». Entonces Abimelec dio la siguiente orden a toda su gente: «El que toque a este hombre o a su esposa, morirá». Isaac sembró en aquella tierra y cosechó aquel año el ciento por uno. Yavé lo bendijo de manera que se fue enriqueciendo día a día hasta que el hombre llegó a ser muy rico (Gn 26,1-13)”.

   A pesar de ser un mentiroso, Isaac fue bendecido por Dios, que le hizo muy rico... aunque en esta historia no se lucra de Abimelec como hizo su padre, al no ser el rey, sino «uno de aquí», quien «por poco se acostaba con tu esposa». Los intérpretes autorizados de la Biblia dicen que ese Abimelec no es el mismo a quien Abraham engañó y le sacó una fortuna.
    Quizá fuese su hijo y, al igual que Isaac, no conociese las batallitas domésticas libradas por su progenitor. También podría ser que esta historia, como cientos de otros relatos bíblicos, fuese mentira, pero entonces ¿cómo seguir asumiendo eso tan hermoso que impone la Iglesia católica —y todas las cristianas— al declarar que «los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra»? Otra duda: ¿por qué eran tan fáciles y prontas al lecho ajeno las esposas de los primeros patriarcas del pueblo elegido de Dios? La Biblia sólo lo muestra, pero no lo aclara.
Jacob, el tercer patriarca de Israel, hijo de Isaac y Rebeca, nacido junto a su mellizo Esaú, representa un claro ejemplo de que los más bellacos gozan siempre del beneplácito divino.

    Su historia ya apuntaba maneras desde el mismísimo seno materno. Rebeca, que, como muchas otras madres de grandes personajes bíblicos, era estéril pero concibió por voluntad divina, ya notó cómo sus hijos se peleaban dentro de su vientre y buscó el asesoramiento de Dios, que le respondió: «Dos naciones hay en tu seno; dos pueblos se separarán desde tus entrañas. Uno será más fuerte que el otro, y el mayor servirá al menor» (Gn 25,23). Dios, que siempre parece más proclive a meter cizaña que a facilitar las cosas, decantó las preferencias de cada progenitor por un hijo. Isaac prefería a Esaú, el mayor «llegó a ser un experto cazador y un hombre de campo abierto», porque al patriarca «le gustaba la caza». Jacob, que «era un hombre tranquilo a quien le gustaba estar en la tienda», era el preferido de la madre y, por lo que se ve, un manitas que hacía maravillas con los fogones. Y gracias a la cocina, este marrullero consentido de mamá pudo perpetrar su primera sinvergonzonería conocida:

    “En cierta ocasión estaba Jacob cocinando un guiso, cuando llegó Esaú del campo, muy agotado. Dijo Esaú a Jacob: «Por favor, dame un poco de ese guiso rojizo, pues estoy hambriento» (por eso fue llamado Edom, o sea, rojizo). Jacob le dijo: «Me vendes, pues, ahora mismo tus derechos de primogénito» [ahí es nada la generosidad y honradez de hermano con la que se descolgó este santo varón como quien no quiere la cosa, pero exigiendo el pago al contado, para hoy mismo].

    Esaú le respondió: «Estoy que me muero, ¿qué me importan mis derechos de primogénito?». Jacob insistió: «Júramelo ahora mismo». Y lo juró, vendiéndole sus derechos. Jacob entonces dio a su hermano pan y el guiso de lentejas. Esaú comió y bebió, y después se marchó. No hizo mayor caso de sus derechos de primogénito[63] (Gn 25,29-34)”.

    Aquí ya encontramos dos elevadas (moralmente hablando) enseñanzas de la palabra de Dios: a) si uno es tonto, que se atenga a las consecuencias y se fastidie, que el reino de Dios sólo es para los listos; y b) si puedes aprovecharte y engañar a tu propio hermano, para qué ir a delinquir fuera de casa.

    Prosigamos. Dios estaba en el ajo, pero Isaac no. Y no debía de ser muy licita la compraventa de los derechos de primogenitura a juzgar por los engaños que tuvo que poner en marcha Jacob para quedárselos y dejar en la cuneta a su hermano mayor. Lo que sigue es el primer boceto de guión de la historia apto para uno de esos culebrones televisivos de alta escabrosidad familiar. Isaac, viejo y ciego, llamó a su preferido Esaú y le dijo:

    “Mira que ya estoy viejo e ignoro el día de mi muerte. Así, pues, toma tus armas, tu arco y la caja de las flechas, sal al campo y caza alguna pieza para mí. Luego me preparas un guiso como a mí me gusta y me lo sirves, y yo te daré la bendición antes de que muera. Rebeca estaba escuchando la conversación de Isaac con Esaú. Cuando éste se fue al campo en busca de caza para su padre, Rebeca dijo a su hijo Jacob: «Acabo de oír a tu padre que hablaba con tu hermano Esaú y le dijo: "Vete a cazar y prepárame un guiso, para que yo lo coma y te pueda bendecir ante Yavé, antes de morirme". Ahora, pues, hijo, escúchame y haz cuanto te diga. Anda al corral y tráeme dos cabritos de los mejores que haya [al parecer, el viejo conservaba un buen apetito]; con ellos haré un guiso como le gusta a tu padre. Después tú se lo presentas a tu padre para que lo coma y te bendiga antes de su muerte».

    Jacob dijo a su madre Rebeca: «Pero mi padre sabe que yo soy lampiño y mi hermano muy velludo. Si me toca se dará cuenta del engaño y recibiré una maldición en lugar de una bendición». Su madre le replicó: «Tomo para mí la maldición. Pero tú, hijo mío, hazme caso, y ve a buscar lo que te pedí». Fue, pues, a buscarlo y se lo llevó a su madre, que preparó para su padre uno de sus platos preferidos. Después, tomando las mejores ropas del hijo mayor Esaú, que tenía en casa, vistió con ellas a Jacob, su hijo menor. Con las pieles de los cabritos le cubrió las manos y la parte lampiña del cuello, y luego puso en las manos de Jacob el guiso y el pan que había preparado.

    Jacob entró donde estaba su padre y le dijo: «¡Padre!». Él le preguntó: «Sí, hijo mío. ¿Quién eres?». Y Jacob dijo a su padre: «Soy Esaú, tu primogénito. Ya hice lo que me mandaste. Levántate, siéntate y come la caza que te he traído. Después me bendecirás». Dijo Isaac: «¡Qué pronto lo has encontrado, hijo!». Contestó Jacob: «Es que Yavé, tu Dios, me ha dado buena suerte». Isaac le dijo: «Acércate, pues quiero tocarte y comprobar si eres o no mi hijo Esaú».

    Jacob se acercó a su padre Isaac, quien lo palpó y dijo: «La voz es la de Jacob, pero las manos son las de Esaú». Y no lo reconoció, pues sus manos eran velludas como las de su hermano Esaú, y lo bendijo [en este relato pueril y absurdo, el patriarca Isaac queda reflejado como un ser más simple que el mecanismo de un lapicero... pero así son todas las historias inspiradas por Dios] (...) Volvió a preguntarle: «¿Eres de verdad mi hijo Esaú?». Contestó Jacob: «Sí, yo soy». Isaac continuó: «Acércame la caza que me has preparado, hijo mío, para que la coma y te dé mi bendición». Jacob le sirvió y comió. También le ofreció vino, y bebió.

    Entonces Isaac le dijo: «Acércate y bésame, hijo mío». Jacob se acercó y le besó. Al sentir Isaac el perfume de su ropa, lo bendijo (...) Apenas Isaac había terminado de bendecirle, y Jacob había salido de la pieza de su padre, cuando llegó Esaú, su hermano, con el producto de su caza. Preparó también el guiso y se lo llevó a su padre, diciendo: «Levántate, padre, y come la caza que tu hijo te ha preparado, de manera que me puedas dar tu bendición» (Gn 27,1-31)”.

    Lo que siguió es patetismo en primer grado. Que si «tu hermano ha venido, me ha engañado y se ha tomado tu bendición». Que si «¿y no me has reservado alguna bendición?». Pues que va a ser que no, aunque intentó tranquilizarle el padre diciendo: «Mira, vivirás lejos de las tierras fértiles y lejos del rocío del cielo. De tu espada vivirás y a tu hermano servirás; pero cuando así lo quieras, quitarás su yugo de tu cuello» (Gn 27,32-46). Pero a Esaú, claro, ese destino no le hizo mucha gracia y decidió matar a su hermano, que por algo era un personaje de la Biblia y este tipo de venganzas intrafamiliares son las que más entretienen a Dios.

    Dios contempló divertido, callado y complacido la canallada urdida por Rebeca y Jacob en contra de su protegido Isaac, al que despojaron de su derecho paterno cuando más vulnerable estaba, pero ello le convenía a los planes divinos y por eso, en esa casa, prosperó el delito con impunidad. La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: engañar y robar al hermano y traicionar al padre son conductas aceptables.

    Después de la canallada que le hizo Jacob a su hermano Esaú, Rebeca le aconsejó a su estafador retoño que pusiese tierra de por medio para salvar su pescuezo de la navaja justiciera de Esaú. Le sugirió huir a Jarán y buscar refugio en la casa de su hermano Labán. Pero antes de emprender viaje, Isaac, su padre, que ya se había olvidado del tremendo disgusto que tenía apenas unos versículos antes —mostrando con ello que daba por buena la estafa que hizo Jacob a su familia y a la historia de su pueblo—, le bendijo de nuevo y le dio algunos consejos:

   “No te cases con ninguna mujer cananea. Ponte en camino y vete a Padán-Aram, a la casa de Batuel, el padre de tu madre, y elige allí una mujer para ti de entre las hijas de Labán, hermano de tu madre. Que el Dios de las Alturas te bendiga, te multiplique y de ti salgan muchas naciones (...) (Gn 28 1-2). Llegado ya Jacob a las tierras de su tío Labán, éste salió a su encuentro:

   Apenas supo Labán que Jacob era el hijo de su hermana, corrió a su encuentro, lo abrazó, lo besó, y lo llevó a su casa.Jacob contó a Labán todo lo ocurrido, y Labán le dijo: «En verdad tú eres carne y hueso míos». Y Jacob se quedó allí con él durante un mes. Entonces Labán le dijo: «¿Acaso porque eres hermano mío vas a trabajar para mí de balde? Dime cuál va a ser tu salario».

    Labán tenía dos hijas: la mayor se llamaba Lía, y la menor Raquel. Lía no tenía brillo en sus ojos, mientras Raquel tenía buena presencia y era linda. Jacob se había enamorado de Raquel, así que le contestó: «Te serviré siete años por Raquel, tu hija menor». Labán dijo: «Mejor te la doy a ti y no a cualquier otro hombre. Quédate, pues, conmigo».

    Jacob trabajó siete años por Raquel, pero la amaba tanto, que los años le parecieron días. Entonces Jacob dijo a Labán: «Dame a mi esposa, pues se ha cumplido el plazo y ahora quiero vivir con ella». Labán invitó a todos los del lugar y dio un banquete, y por la tarde, tomó a su hija Lía y se la llevó a Jacob, que se acostó con ella. Labán dio a Lía su propia esclava Zilpá, para que fuera sirvienta de ella. A la mañana siguiente: Jacob dijo a Labán: «¿Qué me has hecho? Yo te he servido por Raquel. ¿Por qué me has engañado?». Labán le respondió: «No se acostumbra por aquí dar la menor antes que la mayor. Deja que se termine la semana de bodas, y te daré también a mi hija menor, pero tendrás que prestarme servicios por otros siete años más».

    Jacob lo aceptó, y al terminar la semana de bodas con Lía, Labán le entregó a su hija Raquel. Labán le dio a Raquel a su esclava Bilá como sierva. Jacob se unió también a Raquel, y amó a Raquel más que a Lía. Y se quedó con Labán al que prestó servicios siete años más. Al ver Yavé que Lía no era querida, le concedió ser fecunda, mientras que Raquel era estéril (Gn 29 15-31)”.

    De nuevo tenemos a Dios metiendo baza para poder desencadenar conflictos familiares que podrían haberse ahorrado todos. Lía parió cuatro hijos, Rubén, Simeón, Leví y Judá, pero Jacob seguía prefiriendo a Raquel, aunque, eso sí, administraba su virilidad llegándose a ambas... pero no solamente a ellas, ya que la tremenda envidia que Raquel sentía por su hermana Lía llevó a que la cama de Jacob estuviese muy concurrida: Raquel, viendo que no daba hijos a Jacob, se puso envidiosa de su hermana y dijo a Jacob:

   «Dame hijos, porque si no, me muero». Entonces Jacob se enojó con Raquel y le dijo: «Si Dios te ha negado los hijos, ¿qué puedo hacer yo?». Ella le contestó: «Aquí tienes a mi esclava Bilá. Únete a ella y que dé a luz sobre mis rodillas. Así tendré yo también un hijo por medio de ella». Le dio, pues, a su esclava Bilá, y Jacob se unió a ella (Gn 30,1-8). Pero, tras dos partos de la esclava Bilá en funciones de madre sustituta de Raquel, ésta andaba ya muy envalentonada frente a su hermana y la forzó a mover ficha:

    “Viendo Lía que había dejado de tener hijos, tomó a su sierva Zelfa y se la dio por mujer a Jacob. Y Zelfa, esclava de Lía, dio un hijo a Jacob [y luego un segundo, claro] (Gn 30,9-12). Sin embargo, los líos, peleas y partos estaban lejos de acabar. Rubén, hijo de Lía, se encontró unas manzanas silvestres y Raquel le pidió algunas a su madre. Le respondió Lía: «¿No te basta con haberme quitado el marido, que ahora quieres llevarte también las manzanas de mi hijo?». Raquel le dijo: «Muy bien, que duerma contigo esta noche, a cambio de las manzanas de tu hijo». Cuando por la tarde llegaba Jacob del campo, Lía salió a su encuentro y le dijo: «Esta noche dormirás conmigo, pues te he alquilado por unas manzanas de mi hijo». Aquella noche, pues, durmió Jacob con ella [bonito ejemplo para leer en familia los domingos, sí, señor]. Dios escuchó las oraciones de Lía, la que concibió y le dio a Jacob el quinto hijo [y luego dos más], aunque, claro, «entonces Dios se acordó de Raquel, oyó sus ruegos y le concedió ser fecunda» (Gn 30:14-22)”.

    Tras perder la cuenta de tanto parto, once varones y una mujer, Jacob optó por independizarse y le pidió libertad y finiquito a su tío y suegro Labán; pero, fiel a su personalidad tramposa, Jacob le hará una sucia (y rentable) jugarreta al no menos marrullero padre de sus antes primas y ahora esposas.

    “Después de que Raquel hubo dado a luz a José, Jacob dijo a Labán: «Déjame regresar a mi patria y mi tierra. Dame mis esposas y mis hijos, por quienes te he servido, y déjame partir, pues bien sabes con qué fidelidad te he servido». Labán le contestó: «Hazme un favor. El cielo me hizo ver que Yavé me bendecía gracias a ti». Y agregó: «Dime cuánto te debo y te lo pagaré». Jacob respondió: «Tú sabes cómo te he servido, y cómo le fue a tu rebaño conmigo. Poco era lo que tenías antes de que yo llegara aquí; pero después creció enormemente y Yavé te ha bendecido. ¿Cuándo, pues, podré trabajar para mi propia casa?». Dijo Labán: «¿Qué te puedo dar?». Jacob respondió: «No me des nada, pero si haces por mí lo que voy a pedirte, seguiré cuidando tus rebaños. Hoy voy a revisar tus rebaños y pondré aparte todos los corderos negros, y también todos los cabritos manchados y rayados, y éste será mi salario. Comprobarás mi honradez el día de mañana cuando quieras verificar personalmente lo que me llevo. Todo lo que no sea manchado o rayado entre las cabras, ni negro entre los corderos, será considerado como un robo de mi parte». Dijo Labán: «Está bien, sea como tú dices». Ese mismo día Labán puso aparte todos los cabritos rayados o con manchas, y a cuanto cordero había con color negro, y se los dio a sus hijos, y los mandó lejos de Jacob, a una distancia de tres días. Y Jacob se quedó cuidando el resto del rebaño de Labán.

    Jacob se buscó entonces unas ramas verdes de chopo, almendro y plátano. Peló la corteza de las ramas haciendo franjas que dejaban al descubierto el blanco de la madera. Después las colocó ante las pilas y abrevaderos, justo delante de esas que al beber entraban en celo. Y las que se apareaban frente a las varas parían después crías rayadas, moteadas y manchadas. Entonces Jacob separaba los corderos. En una palabra, hacía que las ovejas del rebaño de Labán miraran todo lo que tenía rayas o era negro. Así se formó rebaños que le pertenecían y que apartaba de los de Labán. Cada vez que entraban en celo las ovejas más robustas, Jacob volvía a poner en las pilas y abrevaderos las varas, a la vista de las ovejas, para que se aparearan ante ellas. Pero si las ovejas eran débiles, no ponía las varas. Así las débiles quedaban para Labán, y las robustas eran para Jacob. Y el hombre se hizo muy rico, pues tenía grandes rebaños, muchos servidores y sirvientas, camellos y burros (Gn 30,25-43)”.

    En el caso, harto probable, de que algún lector no hubiese captado la sutileza del engaño perpetrado por Jacob para saquear el rebaño de su tío Labán, le remitiremos al siempre autorizado criterio exegético de la muy católica versión bíblica de Nácar-Colunga, que anota este versículo, en su página 63, diciendo:

    «La industria de Jacob es fácil de entender. Puesto que en los abrevaderos donde los machos suelen cubrir a las hembras, pone en los canales esas varas parcialmente descortezadas, para que, impresionando a los animales, venga el feto a tener el color variado de las mismas varas. El resultado correspondió a sus propósitos. San Crisóstomo y Teodoreto lo atribuyen a milagro. San Jerónimo, San Agustín y San Isidoro lo tienen por natural y lo confirman con varios ejemplos. Lo que no ofrece duda es que el autor sagrado ve en esto un efecto de la providencia especial de Dios sobre el patriarca».

    Dado que la biología de los mamíferos artiodáctilos patihendidos no permite lograr lo que Dios afirmó con su palabra (y con total desconocimiento de las leyes genéticas que, según dicen, creó y todavía gestiona), sólo resta pensar que, efectivamente, hubo milagro y que Dios ayudó a Jacob a jugar con trampa para poder robarle la mejor y mayor parte de su ganado a Labán. Por si quedaba alguna duda respecto a la complicidad e intervención directa de Dios en el expolio de los bienes de Labán, un poco más adelante se dice:

    Y el Ángel de Dios me dijo en sueños: «¡Jacob!». Yo respondí: «Aquí estoy». Y añadió: «Fíjate bien cómo los machos que cubren a las hembras son rayados, manchados y moteados. Esto es así porque he visto todas las cosas que Labán ha hecho contigo. »Yo soy el Dios de Betel, en donde derramaste aceite sobre una piedra y me hiciste un juramento. Ahora, levántate y vuélvete a la tierra en que naciste». Respondieron Raquel y Lía: «¿Acaso tenemos que ver algo todavía con la casa de nuestro padre, o somos aún sus herederas?» ¿No hemos sido tratadas como extrañas después que nos vendió y se comió nuestra plata? »Pero Dios ha tomado las riquezas de nuestro padre y nos las ha dado a nosotras y a nuestros hijos. Haz, pues, todo lo que Dios te ha dicho». Se levantó Jacob e hizo montar en camellos a sus mujeres e hijos. Y se llevó todos sus rebaños y todos los bienes que había adquirido en Padán-Aram, volviendo donde su padre Isaac, a Canaán. Aprovechando que Labán había salido a esquilar su rebaño, Raquel robó los ídolos familiares que su padre tenía en casa. Jacob actuó a escondidas de Labán, y no le avisó nada sobre su partida. Tomó, pues, todo lo que poseía, y emprendió la huida. Atravesó el río Éufrates y se dirigió a las montañas de Galaad (Gn 31,11-21)”.

    Tenemos aquí otro hermoso ejemplo de la conducta divina, que favorece activamente al sinvergüenza en perjuicio de terceros, que en el caso de Jacob eran de su propia familia, a la que roba con engaño y traición, huyendo con el botín aprovechando la ausencia de Labán, el legítimo propietario de todo lo expoliado. El pésimo ejemplo se completa con una reprochable conducta familiar, al huir impidiendo que Labán se despida de sus hijas y nietos, y con un nuevo engaño de Rebeca para esconderle a su padre los dioses familiares que había robado.

   Labán dijo a Jacob: «¿Qué me has hecho? Me has engañado, y te has llevado a mis hijas como si fueran prisioneras de guerra. »¿Por qué has huido en secreto engañándome? ¿Por qué no me avisaste? Yo habría hecho una fiesta para despedirte, con canciones, tambores y guitarra.Ni siquiera me has dejado besar a mis hijos y a mis hijas. Te has portado como un tonto».Yo podría hacerte mal, pero el Dios de tu padre me dijo anoche: "Cuídate de no discutir con Jacob, bien sea con amenazas o sin violencia" [de nuevo toma Dios partido por el delincuente y obliga a la víctima a acatar sus fechorías]. »Pero si te has ido porque echabas de menos a la casa de tu padre, ¿por qué me has robado mis dioses?».

    Respondió Jacob a Labán: «Yo tuve miedo a que me quitaras tus hijas. Pero eso sí, al que descubras que tiene en su poder tus dioses, ése morirá» En presencia de nuestros hermanos, revisa todo lo que yo tengo, y si reconoces algo tuyo, llévatelo. Pero Jacob ignoraba que Raquel había robado los ídolos. Entró Labán en la tienda de Jacob, después en la de Lía y en las de las dos criadas, pero no encontró nada. A continuación, entró en la tienda de Raquel, pero Raquel había tomado los ídolos familiares y colocándolos debajo de la montura del camello se sentó encima mientras Labán registraba toda su tienda y no encontraba nada. Entonces ella, dirigiéndose a su padre, le dijo: «Perdone, mi señor, si no me pongo de pie ante su presencia, pero me sucede lo que le pasa a las mujeres». Registró, pues, y no encontró los ídolos (Gn 31,26-35)”.

    El currículo de este gran patriarca comenzó a labrarse abusando de la simpleza de su hermano, al que robó los derechos de primogenitura engañando a su padre, y se fortaleció gracias a la riqueza que le robó con trampas (divinas, en este caso) a su tío y suegro Labán, no menos tramposo que él. A pesar de su muy reprobable y vergonzoso proceder, Jacob mereció todos los parabienes y bendiciones de Dios, que le encumbró hasta la gloria en el organigrama del pueblo elegido:

    “Dios se apareció de nuevo a Jacob cuando regresaba de PadánAram y lo bendijo, diciendo: «Tu nombre es Jacob, pero desde ahora no te llamarás más Jacob, sino que tu nombre será Israel». Así, pues, le puso por nombre Israel. Y agregó: «Yo soy el Dios de las Alturas; sé fecundo y multiplícate. Una nación, o mejor, un grupo de naciones nacerá de ti, y reyes saldrán de tu linaje. Te daré la tierra que di a Abraham e Isaac, y la daré a tus descendientes después de ti» (Gn 35,9-12)”.

    La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: robarle a la familia no es punible y, en cualquier caso, bueno y acertado es el refrán popular que asevera que quien le roba a un ladrón se merece cien años de perdón.

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