miércoles, 13 de abril de 2016

CAPITULO 1: DIOS, AUTOR DE LA BIBLIA


    Hoy, en el mundo, unos dos mil millones de cristianos, un 33 por ciento de la población mundial, repartidos en unas 33.820 denominaciones e Iglesias —entre las que la católica es la principal, con unos 1.038 millones de fieles (un 17,5 por ciento de la población total)—, creen y afirman que la Biblia contiene y mantiene la palabra eterna de Dios.
    La Iglesia católica, desde un documento tan básico y fundamental para la práctica de su doctrina como es el Catecismo, asevera con rotundidad absoluta lo que enuncia el titular de este capítulo: «Cada palabra y ejemplo de la Biblia tiene a Dios como autor». Así, por ejemplo, el Catecismo ofrece afirmaciones como las siguientes:

    «La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, en cuanto escrita por inspiración del Espíritu Santo». «A través de todas las palabras de la Sagrada Escritura, Dios dice sólo una palabra, su Verbo único, en quien él se dice en plenitud (cf. Hb 1,1-3): Recordad que es una misma Palabra de Dios la que se extiende en todas las escrituras, que es un mismo Verbo que resuena en la boca de todos los escritores sagrados, el que, siendo al comienzo Dios junto a Dios, no necesita sílabas porque no está sometido al tiempo (S. Agustín, Psal. 103,4,1).»

    Dios es el autor de la Sagrada Escritura. "Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo". "La santa madre Iglesia, fiel a la base de los apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, en todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la Iglesia" (DV11).»

     Dios ha inspirado a los autores humanos de los libros sagrados. "En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería" (DV 11). «Los libros inspirados enseñan la verdad. "Como todo lo que afirman los hagiógrafos, o autores inspirados, lo afirma el Espíritu Santo, se sigue que los libros sagrados enseñan sólidamente, fielmente y sin error la verdad que Dios hizo consignar en dichos libros para salvación nuestra" (DV 11).»

    Para descubrir la intención de los autores sagrados es preciso tener en cuenta las condiciones de su tiempo y de su cultura, los "géneros literarios" usados en aquella época, las maneras de sentir, de hablar y de narrar de aquel tiempo. "Pues la verdad se presenta y enuncia de modo diverso en obras de diversa índole histórica, en libros proféticos o poéticos, o en otros géneros literarios" (DV 12,2). Según una antigua tradición, se pueden distinguir dos sentidos de la Escritura: el sentido literal y el sentido espiritual; este último se subdivide en sentido alegórico, moral y anagógico. La concordancia profunda de los cuatro sentidos asegura toda su riqueza a la lectura viva de la Escritura en la Iglesia»; aunque, según se advierte, el sentido literal «es el sentido significado por las palabras de la Escritura y descubierto por la exégesis que sigue las reglas de la justa interpretación.

    De lo anterior se deriva que, para la Iglesia católica, «la justa interpretación» sólo pueden hacerla —o revisarla y autorizarla—aquellos que controlan la organización eclesial y dogmática que vive y pervive gracias, precisamente, a interpretaciones sui géneris hechas o deshechas según mejor convenga a sus intereses socioeconómicos en cada momento histórico.

    Dicho de otro modo, la Iglesia católica considera que cualquier lector directo de la Biblia es más bien idiota y, por ello, incapaz de comprender el sentido de lo que lee en un texto que ha sido traducido bajo su absoluto control (o el de cualquier otra Iglesia cristiana) y que a menudo ya está muy maquillado o desfigurado a fin de disimular asuntos de gran relevancia y trascendencia. Dado que en este blog nos centraremos fundamentalmente en el Antiguo Testamento y que la práctica totalidad de los católicos y la mayoría de los cristianos lo soslayan, olvidan e incluso declaran caducado y sustituido por el Nuevo Testamento, recordaremos lo que sigue siendo doctrina oficial de la Santa Madre Iglesia Católica Apostólica y Romana (y también de todas las Iglesias cristianas), esto es, que: "El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son libros divinamente inspirados y conservan un valor permanente (cf DV 14), porque la Antigua Alianza no ha sido revocada".

    Retengamos esta afirmación dogmática, ya que ella es la clave que justifica y da sentido al presente blog: el Antiguo Testamento fue inspirado por Dios, por lo que contiene verdad incuestionable en sus palabras, que, además, en su sentido, conclusiones y consecuencias éticas y conductuales «conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada».

    Siguen vigentes, pues, para todo católico (y cristiano), un amplio conjunto de leyes divinas inmorales y de pésimos ejemplos que Dios nos sigue recordando e imponiendo hoy día desde las páginas de cualquier Biblia. Por si cabe alguna duda, una figura clave en el estudio de la Biblia desde la perspectiva católica, Luis Alonso Schákel, afirma desde su traducción de las Sagradas Escrituras que “Religiosamente, el Pentateuco es uno de los libros fundamentales de nuestra fe (y de la fe israelítica).    Literariamente, contiene páginas que pertenecen a lo mejor de la literatura universal."

    No hay duda de que el Pentateuco es una colección de libros fundamentales para la fe cristiana y para la judía, pero, tal como se verá a lo largo de este blog, resulta muy discutible que sus páginas, pocas o muchas, merezcan estar entre las joyas de la literatura universal. La estructura de su lenguaje es simple, pueril y con frecuencia repetitiva y pesada —sí, era el estilo de la época, claro, pero hay textos sumerios o egipcios más antiguos y más bellamente escritos—; el texto está plagado de graves errores sobre la naturaleza del mundo y el proceso histórico que son indignos de un «dios único» que se postula como el creador/controlador de todo y el autor de tales relatos; su contenido está a menudo duplicado y es contradictorio y muchas de sus historias, ejemplos y leyes divinas impuestas son absolutamente intolerables y deplorables, máxime cuando constituyeron las bases que posibilitaron la extensión y afianzamiento, hasta hoy, de conductas injustas y discriminatorias, entre las que cabe destacar la xenofobia o la sumisión y anulación de las mujeres. Ni el estilo ni el contenido permiten hallar cima ninguna dentro de la literatura —ni de la universal ni de la local—, pero eso ya depende del gusto de cada cual.

    En la Biblia (católica) podemos encontrar, al menos, 4.339 versículos —una cantidad de texto enorme, equivalente a algo más de la mitad del Nuevo Testamento— que, asumiendo la forma de leyes divinas y/o de sucesos promovidos y/o protagonizados por el mismísimo Dios, resultan totalmente rechazables por su contenido, sentido y ejemplo de conducta dejado a la posterioridad.

    Pero esos textos son, también, sin duda ninguna, la palabra inmutable de Dios, y convendrá recordar algunos de sus pasajes a fin de no desdibujar, tal como se ha hecho durante siglos, la verdadera figura y perfil moral del dios judeocristiano. Todos los ejemplos que reproduciremos a lo largo de este blog tienen una misma característica e hilo conductor: fueron sucesos en los que el propio Dios tuvo un protagonismo activo y, por ello, incurrió en responsabilidad directa ante los abusos y crímenes que provocó; o en los que, en la misma línea, acogiéndose a una sospechosa pasividad —totalmente injustificable en un dios tan justiciero e intervencionista como la Biblia le presenta—, se inhibió ante delitos muy graves perpetrados por algunos de sus benditos varones elegidos, cayendo así en un vergonzoso e inaceptable encubrimiento.

    De aquí en adelante será la inspirada palabra de Dios, tomada textualmente de la Biblia, la que nos presentará una visión de los textos dichos sagrados que, probablemente, andará bastante alejada de lo que la mayoría, incluso de creyentes, supone que son o deberían ser.

    No olvidemos lo que ya citamos anteriormente como doctrina oficial de la Iglesia católica dictada desde su Catecismo: «En la composición de los libros sagrados, Dios se valió de hombres elegidos, que usaban de todas sus facultades y talentos; de este modo, obrando Dios en ellos y por ellos, como verdaderos autores, pusieron por escrito todo y sólo lo que Dios quería». En esta aseveración reside la clave que permite y justifica la crítica que haremos en este trabajo. Si en la Biblia se puso «por escrito todo y sólo lo que Dios quería», será justo y necesario poder acercarse a su figura, conductas y marco ético analizando aquello que Dios quiso expresamente que fuese escrito para que se le recordara eternamente a él y a su obra.

    No hay más ni mejor biografía autorizada de Dios que la propia Biblia, ya que, desde el fin de los tiempos bíblicos hasta hoy, Dios se ha caracterizado por ser una entidad absolutamente muda y ágrafa (aunque, ciertamente, no falten quienes afirmen escuchar su voz y administrar su voluntad... que es cambiante, muy cambiante, sospechosamente cambiante y adaptable a los intereses más dispares y espurios que predominen en cada momento y lugar).

    En todo caso, si se desea considerar la Biblia desde la óptica de los creyentes que afirman que lo que se dice en las Escrituras no sólo es verdad, sino que es verdad sagrada— para ser honestos deberá tomarse y aceptarse ésta en su totalidad, y no sólo en los fragmentos (descontextualizados) que más interesen en cada momento. O todo lo que se cuenta en la Biblia, sin excepción, es cierto, honorable y digno de ser aceptado y acatado, o todo es merecedor de duda y rechazo, pero no puede haber medias tintas cuando se trata de «la palabra de Dios». Que cada cual elija lo que mejor le convenga creer, que éste es un derecho de la voluntad, criterio y decencia de cualquier persona; aquí nos limitaremos a poner sobre la mesa algunas de las pésimas enseñanzas y ejemplos que Dios nos legó, a lo largo de muchas de las páginas de la Biblia, para su evocación y acatamiento eternos.

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