miércoles, 13 de enero de 2016

CAPITULO 6: DIOS, LOS PADRES Y LOS HIJOS


En capítulos anteriores ya vimos lo pésimos padres que fueron algunos varones benditos de Dios, capaces de entregar a sus hijas al populacho para que fuesen violadas y otras lindezas parecidas.

En este apartado reproduciremos varios relatos bíblicos, de notable importancia, que muestran el absoluto desprecio que mostraron por la vida (y derechos) de sus hijos/as un selecto ramillete de muy principales varones de Dios. Historias como la de Noé inauguran un hábito que cultivará Dios con especial apego y crueldad a lo largo de casi todo el Antiguo Testamento, esto es, culpar y castigar terriblemente a los hijos y/o nietos por faltas, errores o delitos cometidos por los padres, que, claro está, se libraban sin más del castigo divino al que sólo ellos se habían hecho acreedores.

Relatos como los de Abraham, Jefté o Mesa, ilustran sobre lo poco que les importaba la vida de un hijo y cuán agradable le resultaba a Dios procurar que algunos padres asesinasen a sus hijos/as —en holocausto formal, eso sí— a fin de poder seguir gozando de su favor. En ese contexto brutal no desentona, sino todo lo contrario, una ley promulgada por el propio Dios ordenando que fuese asesinado por lapidación pública cualquier «hijo rebelde y desvergonzado, que no atiende lo que mandan su padre o su madre» (Dt 21,18-21).

Según muestra la Biblia, Dios no castigó a ningún mal padre por serlo, pero sí aplicó terribles castigos a muchos hijos por el simple hecho de haber tenido padres delincuentes.

NOÉ Y SU DESCENDENCIA

Cuando concluyó el famoso diluvio universal y aguas y tierras se normalizaron, Noé y sus tres hijos abandonaron el arca y se fueron a lo suyo como si tal cosa. En el Génesis se nos ofrece una escena de pura cotidianeidad de esos días:

“Noé, que era labrador, comenzó a trabajar la tierra y plantó una viña. Bebió el vino, se embriagó y quedó tendido sin ropas en medio de su tienda. Cam, padre de Canaán, vio que su padre estaba desnudo y fue a decírselo a sus dos hermanos que estaban fuera. Pero Sem y Jafet tomaron un manto, se lo echaron al hombro, y caminando de espaldas, entraron a tapar a su padre. Como habían entrado de espaldas, mirando hacia afuera, no vieron a su padre desnudo. Cuando despertó Noé de su embriaguez, supo lo que había hecho con él su hijo menor, y dijo: «¡Maldito sea Canaán! ¡Será esclavo de los esclavos de sus hermanos! ¡Bendito sea Yavé, Dios de Sem, y sea Canaán esclavo suyo! Que Dios agrande a Jafet y habite en las tiendas de Sem, y sea Canaán esclavo de ellos» (Gn 9,20-27).

¡Fantástica la cosa! Noé, haciendo gala de una pésima educación, se puso a beber vino solo, encerrado dentro de su tienda —en una conducta más propia de alcohólico que de usuario sensato de tan espléndido jugo de uva—, sin ni siquiera ofrecerles un traguito a sus sacrificados hijos; de resultas de su vicio privado, el hombre se emborrachó y acabó desnudándose y tirado como una colilla en el suelo de su tienda, sumido en un estado lamentable. En ésas que entró en la tienda su hijo pequeño Cam, vio la escena, y se salió para contársela a' sus hermanos mayores. No consta que se tomara a chirigota la cogorza de su padre, sólo que le vio desnudo y, si acaso, que no le echó encima algún trapo, tal como hicieron sus dos hermanos, Sem y Jafet, que, eso sí, se acercaron al padre de espaldas y actuaron como unos perfectos irresponsables: ¿cómo sabían que su padre no se había roto la nariz o el cuello al derrumbarse, o que no se estaba ahogando en su propio vómito? Ningún auxilio, ninguna preocupación por el progenitor abatido por su vicio (¿es que quizá la borrachera era ya un hábito y no le hacían caso?).

En cualquier caso, Noé, el hombre que «se había ganado el cariño de Yavé» —y al que tal vez por ello Dios disculpaba sus excesos—, a pesar de ser el único responsable de su afrentosa situación, no sólo no se disculpó ante sus hijos por tener tan mal beber sino que maldijo ferozmente al único hijo que obró con sensatez. Mejor dicho, no maldijo a su hijo menor Cam, sino al hijo menor de éste, a Canaán, que no tenía nada que ver con nada de nada (y no parece siquiera que hubiese nacido, aunque eso no le quita fuste a una historia como ésta, surgida de la palabra divina).

En este ejemplo, dado por tan grato varón de Dios, se asienta y  fortalece una costumbre que el dios bíblico cultivará con fruición, a lo largo de las historias más notables de la Biblia, esto es, la norma de castigar terriblemente a gente —mayoritariamente niños y mujeres— absolutamente inocente y ajena a los hechos que provocaban la ira divina —o la de sus varones amados—, a fin de pagar las culpas y errores cometidos, precisamente, por esos santos varones que caminaban y actuaban siempre bajo la protección de Dios.

La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: pueden cometerse los excesos que pida el cuerpo sin tener que arrepentirse de nada ante los demás... siempre que pueda culparse del estropicio propio a algún subordinado o, mejor aún, a alguien que no pueda defenderse.

LA ENVIDIA DE UNA MADRE

Ya vimos anteriormente la talla humana de Abraham y Sara, mentirosos y manipuladores que hicieron pasar a ésta por hermana del patriarca, entrando bajo esa falsa identidad en camas reales a fin de proteger y enriquecer a su santo esposo.

Ahora Dios nos ofrece, para nuestro aprendizaje moral, el ejemplo de una madre empapada de envidia, rencor y egoísmo, y de un padre injusto y cobardón. Aunque, eso sí, ambos muy gratos a los ojos del Señor. Leemos en el Génesis:

“Sara vio que el hijo que la egipcia Agar había dado a Abraham, se burlaba de su hijo Isaac, y dijo a Abraham: «Despide a esa esclava y a su hijo, pues el hijo de esa esclava no debe compartir la herencia con mi hijo, con Isaac». Esto desagradó mucho a Abraham, por ser Ismael su hijo. Pero Dios le dijo: «No te preocupes por el muchacho ni por tu sirvienta. Haz todo lo que te pide Sara, porque de Isaac saldrá la descendencia que lleve tu nombre. Pero también del hijo de la sierva yo haré una gran nación, por ser descendiente tuyo».

Abraham se levantó por la mañana muy temprano, tomó pan y un recipiente de cuero lleno de agua y se los dio a Agar. Le puso su hijo sobre el hombro y la despidió. Agar se marchó y anduvo errante por el desierto de Bersebá. Cuando no quedó nada de agua en el recipiente de cuero, dejó tirado al niño bajo un matorral y fue a sentarse a la distancia de un tiro de arco, pues pensó: «Al menos no veré morir a mi hijo». Como se alejara para sentarse, el niño se puso a llorar a gritos. Dios oyó los gritos del niño, y el Ángel de Dios llamó desde el cielo a Agar y le dijo: «¿Qué te pasa, Agar? No temas, porque Dios ha oído al niño gritando de donde está. Anda a buscar al niño, y llévalo bien agarrado, porque de él haré yo un gran pueblo».

Entonces Dios le abrió los ojos y vio un pozo de agua. Llenó el recipiente de cuero y dio de beber al niño. Dios asistió al niño, que creció y vivió en el desierto, llegando a ser un experto tirador de arco. Vivió en el desierto de Parán, donde su madre lo casó con una mujer egipcia (Gn 21,9-21).

Obsérvese el elitismo que se gasta el dios bíblico, que no se rebajó a hablar directamente con una criada tal como lo hacía con Abraham, un mal padre que sin pestañear envió a su hijo a morir en el desierto junto a su criada y amante. Para tratar con el servicio, Dios se esconde tras ese álter ego que denomina «Ángel de Dios» y que le pregunta a Agar por su situación. ¿Es que Yavé no la veía bien desde el cielo? En todo caso, parece que gracias a la milagrosa mano del mismo dios que forzó su destierro, ese niño, Ismael, prosperó en el desierto, que no es poco, haciendo carrera de arquero y de marido de egipcia. Pero tras alabar al Altísimo por un prodigio que no venía sino a remendar un castigo injusto infligido bajo su orden, no cabe sino repudiar el ejemplo de un pésimo padre, avaricioso hasta la médula y sometido a la voluntad de cualquiera con tal de seguir medrando.

Abraham se comportó con avaricia, crueldad e injusticia desmedidas, dado que un hombre tan rico como él —con una fortuna que, además, en buena parte le llegó regalada tras engañar a reyes con la argucia de hacer pasar a la bella Sara por su hermana casadera— envió al desierto a su primer hijo y a su amante sin darles recursos para sobrevivir, con tan sólo «pan y un recipiente de cuero lleno de agua». Sara, instigadora de la expulsión por celos y avaricia, no merece mejor crítica que su marido Abraham.

La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: los hijos y las amantes son de usar y tirar sin el menor respeto ni consideración; y la responsabilidad parental no es ninguna obligación cuando las pasiones humanas fijan su proa hacia rutas miserables y egoístas.

LOS HIJOS NO SON NADA

Si en el ejemplo anterior Abraham aparecía como el peor modelo de padre posible, en el que veremos seguidamente se superó a sí mismo, demostrando no sólo su perversidad como progenitor, sino, fundamentalmente, cuán arbitrario y cruel es el dios de la Biblia.

Seguimos leyendo en el Génesis:

Tiempo después [se refiere a la discusión y pacto entre Abraham y Abimelec en Berseba], Dios quiso probar a Abraham y lo llamó: «Abraham». Respondió él: «Aquí estoy». Y Dios le dijo: «Toma a tu hijo, al único que tienes y al que amas, Isaac, y vete a la región de Moriah. Allí me lo ofrecerás en holocausto, en un cerro que yo te indicaré». Se levantó Abraham de madrugada [parece que siempre madrugaba los días en que debía cometer tropelías contra sus hijos], ensilló su burro, llamó a dos muchachos para que lo acompañaran, y tomó consigo a su hijo Isaac. Partió leña para el sacrificio y se puso en marcha hacia el lugar que Dios le había indicado.

Al tercer día levantó los ojos y divisó desde lejos el lugar. Entonces dijo a los muchachos: «Quédense aquí con el burro. El niño y yo nos vamos allá arriba a adorar, y luego volveremos donde ustedes». Abraham tomó la leña para el sacrificio y la cargó sobre su hijo Isaac. Tomó luego en su mano el brasero y el cuchillo y en seguida partieron los dos.

Entonces Isaac dijo a Abraham: «Padre mío». Le respondió: «¿Qué hay, hijito?». Prosiguió Isaac: «Llevamos el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el sacrificio?». Abraham le respondió: «Dios mismo proveerá el cordero, hijo mío». Y continuaron juntos el camino. Al llegar al lugar que Dios le había indicado, Abraham levantó un altar y puso la leña sobre él. Luego ató a su hijo Isaac y lo colocó sobre la leña. Extendió después su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo, pero el Ángel de Dios lo llamó desde el cielo y le dijo: «Abraham, Abraham». Contestó él: «Aquí estoy». «No toques al niño, ni le hagas nada, pues ahora veo que temes a Dios, ya que no me has negado a tu hijo, el único que tienes.»

Abraham miró a su alrededor, y vio cerca de él a un carnero que tenía los cuernos enredados en un zarzal. Fue a buscarlo y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo (...)

Volvió a llamar el Ángel de Dios a Abraham desde el cielo, y le dijo: «Juro por mí mismo —palabra de Yavé— que, ya que has hecho esto y no me has negado a tu hijo, el único que tienes, te colmaré de bendiciones y multiplicaré tanto tus descendientes, que serán tan numerosos como las estrellas del cielo o como la arena que hay a orillas del mar. Tus descendientes se impondrán a sus enemigos. Y porque has obedecido a mi voz, todos los pueblos de la tierra serán bendecidos a través de tu descendencia» (Gn 22,1-18).

Dejando al margen que los diálogos son de pena, que el hijo no tiene más papel en el drama que el de bestia de carga sacrificable y muda, y que el juramento que le hace Dios a Abraham no lo cumplirá ni por casualidad, lo cierto es que el caso debería provocar insomnio y pesadillas en todos los hijos de creyentes que buscan iluminar su camino mediante la palabra de Dios. Dado que Dios guía a los suyos a través de los ejemplos que inspiró, y éste está tan divinamente avalado como cualquier otro, ¿quién, sin distorsionar o manipular la realidad del texto bíblico, puede explicarle a su progenie que, para Dios, los hijos son bestias prescindibles o, quizá, meros pretextos para torturar a sus padres?

A quien no ha sido dotado de la gracia de la fe a cualquier precio, tal vez le resulte difícil de comprender la persistente, cruel y enfermiza manía que muestra el dios bíblico —a lo largo de toda la colección de libros que conforman la Biblia— de poner a prueba a los suyos. ¿Es que, en su infinita sabiduría, ignora cómo va a reaccionar cada elemento de su creación? A juzgar por lo mucho que demuestra ignorar Dios, según cientos de versículos que contienen su palabra, ésta y no otra podría ser la razón.

Pero tal vez ese dios que alimenta emociones y conductas tan lamentables como las humanas, aunque en su caso sean todopoderosas, se deleite torturando a los suyos y masacrando a quienes se les enfrentan. Ya hemos visto en casos anteriores que Dios es pronto a la ira y de gatillo fácil; y veremos más casos seguidamente... aunque no podremos reproducir los cientos de ejemplos que relata la Biblia con detalles más o menos morbosos. La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: los hijos son prescindibles y no merecen el respeto paterno ni la protección de su vida. La obediencia y sumisión son valores de obligado cumplimiento que deben anular hasta la más elemental de las obligaciones parentales.
El caso que sigue es todavía más explícito...

JEFTÉ, JUEZ DE ISRAEL

 Jefté, según se le describe en el Libro de Jueces, fue un tipo turbulento. Expulsado de la casa familiar por ser hijo de una prostituta, se convirtió en jefe de una banda de bandoleros hasta que los amonitas declararon la guerra a Israel y sus antiguos convecinos de Galaad le suplicaron que fuese su caudillo en la guerra (Jue 11,1-11).

Recogemos el relato bíblico cuando las conversaciones entre rey de los amonitas y Jefté ya han fracaso y se va a la guerra:

Pero el rey de los amonitas no hizo caso de las palabras que le dirigió Jefté. El espíritu de Yavé se apoderó de Jefté. Atravesó Galaad y Manasés, luego pasó por Mispá de Galaad y de Mispá de Galaad se fue donde los amonitas. Hizo esta promesa a Yavé: «Si entregas en mis manos a los amonitas, el primero que atraviese la puerta de mi casa para salir a saludarme después de mi victoria sobre los amonitas, será para Yavé y lo sacrificaré por el fuego».  Jefté pasó entonces al territorio de los amonitas para atacarlos, y Yavé los puso en sus manos. Los persiguió desde Aroer hasta los alrededores de Minit, apoderándose de veinte pueblos, y hasta Abel-Queramim. Los amonitas sufrieron una derrota muy grande y en adelante quedaron sometidos a los israelitas. Ahora bien, cuando Jefté regresaba a su casa en Mispá, salió a saludarlo su hija con tamboriles y coros. Era su única hija; fuera de ella no tenía hijos ni hijas [¿y quién esperaba que saliese de su casa a recibirle?, ¿su esposa?, ¿su madre?, ¿algún esclavo idiota y prescindible?].

Cuando la vio, rasgó su ropa y dijo: «¡Ay, hija mía, me has destrozado! ¡Tú llegas para traerme la desgracia! Pues hice una promesa a Yavé, y ahora no puedo echarme atrás». Ella le respondió: «Padre mío, ya que Yavé hizo que te desquitaras de tus enemigos, los amonitas, aunque te hayas comprometido con Yavé a la ligera, debes actuar conmigo de acuerdo a la palabra que salió de tu boca». Y dijo a su padre: «Concédeme sólo esto: Dame un plazo de dos meses para que vaya por los montes junto con mis compañeras y pueda llorar esa muerte siendo todavía virgen».

Él le respondió: «¡Anda!» y le permitió que se fuera por dos meses. Ella se fue pues con sus compañeras para llorar por los montes esa muerte siendo virgen todavía. Al cabo de dos meses volvió donde su padre y cumplió con ella la promesa que había hecho. No había conocido varón (...)» (Jue 11,28-39).

¡Pues vaya con Dios y con su protegido!

Algunos autores cristianos y judíos han cuestionado la moralidad del acto de Jefté, que asesinó a su hija para cumplir un voto —pero no critican el mismo hecho en Abraham, que ni siquiera mostró pena cuando preparó el holocausto para Dios con su hijo único como víctima propiciatoria—, aunque, en este caso, quien de verdad fue responsable del asesinato absurdo de la muchacha fue Dios. La propia palabra divina nos dice desde el Eclesiastés:

“Las autoridades de un país están en las manos del Señor; él envía en el momento preciso el hombre que conviene. El éxito de quien sea está en las manos del Señor; él reviste a los jefes de su propia autoridad (Eclo 10,4-5). Está claro: Dios hace y deshace siempre lo que quiere y se lo permite a quien él elige expresamente.

Por ello, Dios pudo evitar ese asesinato cruel (inmolada por el fuego) de muchas maneras: pudo no haber apostado por Jefté como caudillo, ya que debería haber conocido su currículo más bien oscuro; pudo haber impedido que Jefté pronunciase ese pacto divino estúpido y vándalo; pudo haber impedido que la hija saliese al paso del padre; pudo haber detenido la mano asesina de Jefté tal como hizo con Abraham; o pudo permitirle pagar su promesa mediante un sacrificio expiatorio, que el dios bíblico ya había inventado este cambalache. Pero no. Dios recibió gustoso la vida de la joven como pago de lo pactado por Jefté a fin de lograr una intervención divina favorable en la guerra contra los amonitas.

Jefté, el asesino de su hija, gozó del agrado de Dios y llegó a ser juez de Israel. Y no sólo nadie maldijo su memoria —una costumbre muy corriente en la Biblia—, sino que Dios glosó su persona mediante su inspirada palabra en el Nuevo Testamento, donde, junto a Gedeón, Barac, Sansón, David, Samuel y los profetas, se le saluda como uno de los que gracias a la fe, sometieron a otras naciones, impusieron la justicia, vieron realizarse promesas de Dios, cerraron bocas de leones, apagaron la violencia del fuego, escaparon del filo de la espada, sanaron de enfermedades, se mostraron valientes en la guerra y  rechazaron a los invasores extranjeros (Heb 11,33).

La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: un hombre que cumple sus pactos honra a Dios y merece su favor... aunque el precio sea el de asesinar a su propia hija.

MESA, EL REY MOABITA

El sacrificio en holocausto en el que el rey Mesa asesinó a su propio hijo primogénito es uno de esos relatos bíblicos terribles que los exegetas han intentado confundir, más que aclarar, mediante las anotaciones maquinadoras que figuran en muchas biblias. El país de Moab, según se relata en el segundo Libro de Reyes, estuvo sometido por Israel hasta que, tras la muerte de Ajab —que reinó entre los años 869 y 850 a. C.—, el rey moabita Mesa se rebeló contra sus opresores. El nuevo monarca hebreo, Joram, aliado con Josafat, rey de Judá, y el monarca de Edom, se encaminaron a atacar a Moab, pero como no las tenían todas consigo, se fueron a consultar al profeta Eliseo para saber la voluntad de Dios.

«Tráeme ahora a alguien que toque el arpa» [exigió Eliseo al rey Joram]. Mientras el arpista tocaba, la mano de Yavé se puso sobre Eliseo. Entonces dijo: «Así habla Yavé: ¡Caven zanjas y zanjas en este valle! Porque esto dice Yavé: No verán viento ni lluvia y sin embargo el valle se llenará de agua. Entonces beberán ustedes, sus rebaños y sus bestias de carga. Pero todo eso es poco a los ojos de Yavé, quien quiere además entregar a Moab en las manos de ustedes. Demolerán todas las ciudades fortificadas, cortarán todos los árboles frutales, taparán todos los manantiales y estropearán todos los mejores campos echando en ellos piedras» (...)

Se abalanzaron [los moabitas] sobre el campamento de Israel, pero los israelitas se levantaron y contraatacaron a Moab, que salió huyendo ante ellos; penetraron en el territorio de Moab y lo devastaron. Devastaron las ciudades y cada uno echó su piedra en los mejores campos, hasta taparlos con ellas. Taparon todos los manantiales y cortaron todos los árboles frutales, de tal modo que en Quir-Herés quedaron sólo piedras. Los honderos que la habían cercado la castigaron. Cuando el rey de Moab vio que le iba mal en la batalla, reunió a setecientos hombres armados de espada para romper el cerco frente al rey de Edom, pero no lo logró. Entonces tomó a su hijo mayor, al que debía reinar en su lugar y lo ofreció en holocausto encima de la muralla. Luego de esto, los israelitas tuvieron graves dificultades, se retiraron de allí y regresaron a su país (2 Re 3,15-27).

El asesinato de ese primogénito a manos de su padre, el rey Mesa, tiene más miga de la que parece. Al último versículo (3,37), los exegetas le añaden interpretaciones tan peregrinas y absurdas como las siguientes, que en este caso proceden de la versión Reina-Valera de 1995:

«Con la inmolación de su hijo primogénito, el rey pretendía aplacar la ira de Quemos, el dios de Moab, "que estaba enojado con su tierra" (según Inscripción de Mesa, línea 5). Cf. Jer 48.7,13,46 [pero nada en este relato ni en las citas mencionadas permite deducir tal cosa ni nada que se le parezca].»

Aunque este rito pagano estaba severamente prohibido por la ley de Moisés (Lv 18.21; 20.2), era practicado ocasionalmente en Israel (2 Re 16.3) [estaría prohibido, pero ya hemos visto anteriormente la afición que los varones de Dios le tenían a sacrificar a sus hijos/as, sin rechistar, para agradar al Altísimo y el gusto con que éste forzaba y recibía tan píos asesinatos de inocentes]. El sacrificio fue ofrecido sobre el muro, a la vista de las tropas enemigas que sitiaban la ciudad, con la manifiesta intención de sembrar el pánico en medio de ellas» [ésta sí que es buena: un rey enemigo cercado y casi derrotado asesina a su heredero a la vista de todos... y los que huyen presos del pánico son los israelitas, que ya tenían ganada la batalla y que, por su puesto, habrían degollado a Mesa y a su hijo sin rubor ninguno.

Del relato sólo pueden deducirse aspectos que dejan a Dios y los suyos en pésimo lugar. Veamos: Eliseo, el profeta sobre el que «la mano de Yavé se puso», aseguró que Dios le entregaba el país de Moab a los israelitas para que fuese totalmente destruido, y en ello estaban, con mucho ya arrasado, cuando el sacrificio del hijo de Mesa cambió las tornas. ¿Qué sucedió? ¿Eliseo no se enteró de cuál era la verdadera voluntad de Dios? (¡Pues vaya profeta!) ¿Dios cambió de bando a media batalla? (¡Pues vaya dios!) ¿Los israelitas se volvieron lelos y no fueron capaces de ganar ni con Dios de su parte? (¡Pues vaya pueblo elegido!) ¿El presunto dios pagano de Mesa, Quemos, era más poderoso que el dios de los israelitas agresores? (¡pues vaya con el dios único bíblico!)...

 Dado que la Biblia, según nos cuentan, la dictó Dios y se escribió sólo aquello que su voluntad quiso, esto es, lo que hemos leído, no cabe considerar errónea o incompleta esta narración. Por tanto, conociendo por propia boca de Dios —según los relatos ya citados— lo agradables que le resultaban al Altísimo los sacrificios de hijos/as, lo más sensato sería concluir que Dios se olvidó de arengar y guiar a su pueblo en el ataque mientras, embelesado, observaba cómo el cuerpo del infeliz príncipe moabita se convertía en volutas de humo sobre la pira del holocausto. Un hijo chamuscado no era poco para el dios bíblico y, teniéndolo por una legítima petición de protección divina por parte de Mesa, Dios se fijó en la piedad del moabita y obró en consecuencia contra su pueblo hasta que «los israelitas tuvieron graves dificultades, se retiraron de allí y regresaron a su país» (dice la Biblia que nada sucede si Dios no lo quiere, así es que hay que aplicarse el cuento también aquí y señalarle como responsable del fin del asedio).

La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: la protección divina es cambiante como una veleta y sólo se logra pagando un precio absurdo que satisfaga los gustos del Altísimo.

DIOS ORDENÓ: SI TIENES UN HIJO REBELDE, MÁTALE

La Biblia expone, en buena medida, la pretendida historia de un pueblo de bárbaros cuyas conductas ofenden a cualquier sensibilidad medianamente civilizada. En el seno de ese marco sociocultural —en todo caso injustificable si se tratase de un pueblo «de Dios»—, la paternidad andaba muy lejos de ser una actividad responsable; antes al contrario, ya que los hijos no eran más que propiedad del padre y las hijas, objetos-propiedad del padre o marido.

Hemos visto hasta aquí algunos ejemplos de las salvajadas que eran capaces de hacer con su prole algunos de los más santos varones veterotestamentarios —por voluntad de Dios, eso sí—; veremos ahora qué fue capaz de ordenar y legislar el dios bíblico para que los padres pudiesen «solucionar» sus conflictos con algún hijo rebelde.

Recurriremos de nuevo al muy inspirado marco legislativo deuteronómico, que era de obligado cumplimiento. Si un hombre tiene un hijo rebelde y desvergonzado, que no atiende lo que mandan su padre o su madre, ni los escucha cuando lo corrigen, sus padres lo agarrarán y llevarán ante los jefes de la ciudad, a la puerta donde se juzga, y les dirán: «Este hijo nuestro es rebelde y desvergonzado, no nos hace caso, es un vicioso y un borracho». Entonces todo el pueblo le tirará piedras hasta que muera. Así harás desaparecer el mal de en medio de ti, y todo Israel, al saberlo, temerá (Dt 21,18-21). La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: ante lo malo sé mucho peor, que más vale un buen asesinato que una mala discusión.

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