martes, 1 de diciembre de 2015

CAPITULO 8: DIOS HIZO TRAMPAS



Realizar las hazañas que, según la Biblia, protagonizó Dios no debió de resultar un asunto nada fácil, aunque el problema, por lo que puede leerse, quizá no residió tanto en la mayor o menor predisposición de éste para el prodigio, sino en la adecuada disponibilidad de adversarios que fuesen dignos del castigo divino. Dios debió de crear el mundo con gran previsión de futuro, aunque si la obra le hubiese salido bien, nos habríamos quedado sin Biblia, sin religión, sin pecados, sin misas, sin nada decente que hacer las mañanas de los domingos... 

Afortunadamente, la creación sorprendió en muchas ocasiones a su creador y éste, montando en santa y justa cólera, aprovechó esas oportunidades para imponer su ley, marcar territorio y, no menos importante, para posibilitar que futuros escribas recopilasen, a su dictado, relatos que son pura gloria bendita. La cosa humana comenzó a torcerse —en beneficio del efecto dramático que tanto gustó a los redactores bíblicos— al poco rato de abandonar el Paraíso. Cuando los hombres empezaron a multiplicarse sobre la Tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios se dieron cuenta de que las hijas de los hombres eran hermosas, y tomaron por esposas aquellas que les gustaron. Entonces dijo Yavé: «No permanecerá para siempre mi espíritu en el hombre, porque no es más que carne. Que su vida no pase los ciento veinte años» (Gn 6,1-3). Al ser sólo carne sin alma —en esos tiempos Dios no sabía que teníamos alma y por eso no dictó mandatos ni maldiciones relacionados con la vida post mórtem—, era buena idea limitar la vida humana a esos ciento veinte años, pero apenas dos versículos después, las previsiones divinas habían saltado por los aires y Yavé vio que la maldad del hombre en la tierra era grande y que todos sus pensamientos tendían siempre al mal.

Se arrepintió, pues, de haber creado al hombre, y se afligió su corazón. Dijo: «Borraré de la superficie de la tierra a esta humanidad que he creado, y lo mismo haré con los animales, los reptiles y las aves, pues me pesa haberlos creado» (Gn 6,5-7). Nada que objetar. A Dios le salió más que mal su creación y era soberano para hacer lo que hizo. Gracias a ello, podemos leer en la Biblia la historia de Noé y del diluvio —un relato que, por cierto, Dios ya le había dictado a los sumerios, aunque no importa, el guión era bueno y no podía dejarse fuera del Génesis— y, una vez reiniciado el sistema terrestre, desfilarán por las páginas bíblicas patriarcas, jueces o reyes de insuperable enjundia. Con todo, y de ahí la disquisición previa, los planes divinos se toparon con un obstáculo mayúsculo: ya fuese porque el diluvio dejó al planeta sin malos, o porque los nuevos malos nacidos no lo eran lo suficiente, o no apuntaban en la dirección adecuada, Dios, para hacer posibles muchas de sus intervenciones estelares, hizo trampas, anuló, cambió o manipuló voluntades de colectivos, faraones, reyes o personas, hasta forzarles a actuar en contra de sus propios intereses, criterios y deseos... a fin de que se comportasen como descerebrados enemigos del pueblo elegido y, una vez cegados por Dios, se hiciesen acreedores de brutales castigos divinos, con miles de muertos inocentes, claro, ya que así lo demandaba el estilo bíblico. 

En este capítulo revisaremos cuatro historias bien conocidas de todo el mundo, la de la torre de Babel, la de la salida de los israelitas de Egipto, la de la batalla de Moisés contra los amalecitas, y la del paciente Job... y en cada una de ellas veremos cómo actuó Dios en realidad, manipulando sin limites e imponiendo desgracias sin fin a innumerables inocentes con tal de que cada historia le quedase ejemplarizante. Adelantaremos aquí un pequeño detalle: el faraón que se negó a que los israelitas saliesen de Egipto no tenía tal intención, pero, tal como le explicó Dios a Moisés, «yo haré que se ponga porfiado y no dejará partir a mi pueblo» (Ex 4,21). Dios obligó al faraón a empecinarse en una actitud que no era la suya y que le costó la destrucción de Egipto a base de plagas y su propia muerte. ¿Razón para ello? Se la confesó Dios a Moisés: «Me haré famoso a costa de Faraón y de todo su ejército» (Ex 14,4). ¡Y a fe que Dios logró su propósito! 

DIOS IMPIDIÓ QUE LA HUMANIDAD PUDIERA ENTENDERSE Y COLABORAR: LA CANALLADA SE PERPETRÓ EN BABEL 

Con todo lo que hemos ido viendo, a lo largo de este blog, sobre el carácter de Dios y sus conductas, quizá ya a nadie extrañe que también se le deba a él, según se vanagloria desde la Biblia, la falta de entendimiento y colaboración que caracteriza a las sociedades humanas desde la noche de los tiempos... bíblicos. La cosa, al parecer, arranca de muy lejos, tanto que nos la tuvo que contar el Libro del Génesis: Todo el mundo tenía un mismo idioma y usaba las mismas expresiones. Pero al emigrar los hombres desde Oriente, encontraron una llanura en la región de Sinear, y se establecieron allí. Entonces se dijeron unos a otros: «Vamos a hacer ladrillos y cocerlos al fuego». El ladrillo reemplazó la piedra y el alquitrán les sirvió de mezcla [aunque jamás pasó nada ni remotamente parecido, la historia divina nos auguraba un gran futuro, aunque...]. Después dijeron: «Construyamos una ciudad con una torre que llegue hasta el cielo. Así nos haremos famosos, y no nos dispersaremos por todo el mundo». [¿Y no podían quedarse todos juntos, sin dispersarse, si no eran famosos?] Yavé bajó para ver la ciudad y la torre que los hombres estaban levantando [parece, por enésima vez, que Dios debía bajar del cielo si quería enterarse de qué andaba maquinando su parroquia]. y dijo Yavé: «Veo que todos forman un solo pueblo y tienen una misma lengua. Si esto va adelante, nada les impedirá desde ahora que consigan todo lo que se propongan. Pues bien, bajemos [¿no estaba ya abajo?] y confundamos ahí mismo su lengua, de modo que no se entiendan los unos a los otros. [¡Y a fe que lo logró!] Así Yavé los dispersó sobre la superficie de la Tierra, y dejaron de construir la ciudad. Por eso se la llamó Babel, porque allí Yavé confundió el lenguaje de todos los habitantes de la Tierra, y desde allí los dispersó Yavé por toda la Tierra (Gn 11,1-9). ¿Se capta la idea y perversidad del plan divino? Para que luego nos digan los creyentes que quien trajo el mal al mundo fue Satanás. Lo de Babel, y sus presuntas consecuencias universales, no debió de ser una rabieta divina casual. No. Dios, con su sabiduría infinita, debió de darse cuenta de que si no lograba frustrar ese primer intento de conformar una humanidad unida y solidaria, jamás podría mostrar al mundo su majestuoso poder —no en vano será aclamado como «Señor de los ejércitos»— masacrando a cuantos, personas o naciones enteras, se le antojase. Y, peor todavía, sin poder manifestar tal poder divino, la Biblia hubiese acabado siendo una especie de cuento tan aburrido como "La casa de la pradera". Sin Babel, además, la gente viajada tampoco sabría inglés. Un drama. La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: divide y vencerás; nada más sencillo, nada más trágico. 

DIOS OBLIGÓ A CONVERTIRSE EN MUY MALOS A LOS «MALOS» PARA PODER LUCIRSE ANTE SU GENTE: LA VERDAD SOBRE UN POBRE FARAÓN Y SU PUEBLO A LOS QUE DIOS MASACRÓ CON PLAGAS Y ASESINATOS PARA HACERSE «FAMOSO» 

Todo el mundo conoce la famosa historia de Moisés y el faraón de Egipto, un tipo presentado como un malvado donde los hubiere, que se negó pertinazmente a liberar al pueblo hebreo, obligando a Dios a mandarle diez terribles plagas que asolaron el país del Nilo. Pero la historia que siempre ha estado escrita en el Libro del Éxodo es radicalmente distinta a la que ha sido comúnmente contada y acatada. En síntesis: si el faraón se obstinó en no dejar salir de su tierra a los hebreos, no fue por maldad o por estulticia del monarca, sino porque el mismísimo Dios, actuando como maestro de la intriga, le obligó a actuar torticeramente, incluso en contra de sus intereses y los de su pueblo, a fin de poder presumir de su poder ante su pueblo elegido. En este drama bíblico hay una figura radicalmente malvada, pero no es el faraón... tal como lo confirma, nada menos, la inspirada palabra del dios que protagonizó estos hechos y que se los atribuye en primera persona. Veamos qué sucedió cuando Dios le dijo a Moisés que debía irse a Egipto y pedirle al faraón que liberase al pueblo hebreo: Moisés dijo a Yavé: «Mira, Señor, que yo nunca he tenido facilidad para hablar, y no me ha ido mejor desde que hablas a tu servidor: mi boca y mi lengua no me obedecen». Le respondió Yavé: «¿Quién ha dado la boca al hombre? ¿Quién hace que uno hable y otro no? ¿Quién hace que uno vea y que el otro sea ciego o sordo? ¿No soy yo, Yavé? Anda ya, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de hablar» (Ex 4,10-13). Tomó Moisés a su esposa y a sus hijos. Los hizo montar en un burro y partió para Egipto, llevando en la mano el bastón divino [con el que Dios le había enseñado a hacer prodigios]. Yavé le dijo, asimismo: «Cuando regreses a Egipto, harás delante de Faraón todos los prodigios para los cuales te he dado poder. Pero yo haré que se ponga porfiado y no dejará partir a mi pueblo» (Ex 4,20-21). Queda clarísimo que es Dios quien, por mor de sus intereses personales, provocará que el faraón se empecine en no dejar salir a los hebreos de su territorio. Esta afirmación divina se repetirá y ratificará dieciséis veces a lo largo del texto de esta historia. Después de eso Moisés y Aarón fueron a decir a Faraón: «Así dice Yavé, el Dios de Israel: "Deja que mi pueblo salga al desierto para celebrar mi fiesta". Respondió Faraón: "¿Quién es Yavé para que yo le haga caso y deje salir a Israel? No conozco a Yavé y no dejaré salir a Israel"» (Ex 5,1-2). 111 La reacción del faraón se completó ordenando incrementar el esfuerzo que debían hacer los hebreos que trabajaban fabricando ladrillos de adobe. «Denles más trabajo y que no flojeen, y ya no se prestarán para estas tonterías» (Ex 5,9). Se volvió entonces Moisés hacia Yavé y dijo: «Señor mío, ¿por qué maltratas a tu pueblo?, ¿por qué me has enviado? Pues desde que fui donde Faraón y le hablé en tu nombre, está maltratando a tu pueblo, y Tú no haces nada para librarlo» (Ex 5,22-23). Moisés, que tenía problemas de habla, pero no era tonto, se dio cuenta inmediatamente de que el juego que se traía Dios, poniendo «porfiado» al faraón, le iba a costar mucho dolor a los hebreos. Pero Dios estaba a lo que estaba, a lo suyo, y... Yavé respondió a Moisés: «Ahora verás lo que voy a hacer con Faraón. Yo seré más fuerte que él, y no sólo los dejará partir, sino que él mismo los echará de su tierra» (Ex 6,1). [¿Era necesario que Dios fardase de ser más fuerte que un mortal, aunque fuese faraón? ¡Varón, al fin y al cabo!] Yavé dijo a Moisés: «Mira lo que hago: vas a ser como un dios para Faraón, y Aarón, tu hermano, será tu profeta. Tú le dirás todo lo que yo te mande y Aarón, tu hermano, hablará a Faraón para que deje salir de su país a los hijos de Israel. Sin embargo, haré que se mantenga en su negativa y, por más que yo multiplique mis prodigios y milagros a costa de Egipto, él no te hará caso. Yo, entonces, sacaré a mi pueblo del país de Egipto, a fuerza de golpes y de grandes intervenciones. Así entenderán los egipcios que yo soy Yavé, cuando vean los golpes que les daré para sacar de su país a los hijos de Israel» (Ex 7,1-5).

El relato de las batallitas de machitos inmaduros —aunque «Moisés tenía ochenta años y Aarón, ochenta y tres»— que sigue a esta afirmación divina es muy extenso y consultable en cualquier Biblia, por lo que aquí sólo reproduciremos algunos versículos que son fundamentales para seguir la historia y comprender el modo de proceder de Dios. Yavé advirtió a Moisés y a Aarón: «Si Faraón les pide algún signo o milagro, tú dirás a Aarón que tome su bastón y lo lance delante de Faraón, y se cambiará en serpiente (...)». Faraón entonces llamó a sus sabios y brujos, los cuales hicieron algo semejante con sus fórmulas secretas; arrojando todos ellos sus bastones, también se convirtieron en serpientes; pero el bastón de Aarón devoró a los de ellos. Eso no obstante, Faraón se puso más duro y no escuchó a Moisés y a Aarón, como Yavé le había predicho. Yavé dijo a Moisés: «Faraón porfía en negarse a que salga el pueblo. Ve a encontrarlo en la mañana, a la hora en que vaya a bañarse. Lo esperarás a la orilla del río, llevando en tu mano el bastón que se convirtió en serpiente. Le dirás esto: "Yavé, el Dios de los hebreos, me ha mandado decirte que dejes salir a su pueblo (...) En esto conocerás que yo soy Yavé: voy a golpear el Nilo con mi bastón y las aguas se convertirán en sangre. Los peces morirán, el río apestará y los egipcios tendrán asco de beber sus aguas"» (...) Aarón [el encargado de ejecutar buena parte de los trabajillos que Dios le ordena a Moisés] levantó su bastón y golpeó las aguas en presencia de Faraón y de su gente, y todas las aguas del Nilo se convirtieron en sangre (...) Los brujos egipcios hicieron cosas semejantes con sus fórmulas secretas y Faraón se puso más porfiado todavía. Como Yavé lo había dicho, se negó a escuchar a Moisés y Aarón. Faraón volvió a su casa como si no hubiera ocurrido nada importante. Pero, mientras tanto, los egipcios tuvieron que cavar pozos en los alrededores del río en busca de agua potable, porque no podían beber del río. Cuando ya habían transcurrido siete días después de que Yavé golpeó el río, Yavé dijo a Moisés: «Preséntate a Faraón y dile de parte de Yavé: "Deja salir a mi pueblo para que me rinda culto. Si te niegas a dejarlos salir, castigaré a tu país con plaga de ranas. El río pululará de ranas, que subirán y penetrarán en tu casa, en tu dormitorio, en tu cama, en la casa de tus servidores y de tu pueblo, en tus hornos y en tus provisiones. Las ranas subirán contra ti, contra tu pueblo y contra todos tus servidores"» (Ex 7:8-29). Yavé dijo a Moisés: «Dile a Aarón que extienda el bastón que tiene en su mano hacia los ríos, los esteros y las lagunas de Egipto, para que salgan ranas por todo el país de Egipto» (...) Los brujos de Egipto hicieron lo mismo, y también hicieron salir ranas por todo Egipto [y ya van tres empates; parece que los brujos del faraón y Dios se sabían los mismos trucos]. Entonces llamó Faraón a Moisés y a Aarón y les dijo: «Pidan a Yavé que aleje de mí y de mi país estas ranas, y yo dejaré que su pueblo salga para ofrecer sacrificios a Yavé». (...) Moisés llamó a Yavé por el asunto de las ranas, ya que se había comprometido con Faraón, y Yavé cumplió la promesa de Moisés: todas las ranas salieron de las casas, de las granjas y de los campos, y murieron [pobres bichos ¿y qué culpa tenían ellas de tanta insensatez humana?]. Las juntaron en inmensos montones, quedando el país apestado de mal olor. Faraón, sin embargo, al ver que se le daba alivio, se puso más porfiado; no quiso escuchar a Moisés y a Aarón, tal como Yavé les había dicho. Nuevamente habló Yavé a Moisés: «Di a Aarón que golpee con su bastón el polvo de la tierra, y saldrán mosquitos por todo el país». Así lo hizo Aarón; golpeó el polvo de la tierra, que se volvió mosquitos, persiguiendo a hombres y animales. Todo el polvo de la tierra se volvió mosquitos por todo el país de Egipto. Los brujos de Egipto intervinieron también esta vez, y trataron de echar fuera a los mosquitos por medio de sus fórmulas secretas, pero no lo pudieron, de manera que los mosquitos siguieron persiguiendo a hombres y animales. Entonces los brujos dijeron a Faraón: «Aquí está el dedo de Dios» [y los brujos, que hasta pudieron competir con Dios creando y controlando ranas, perdieron aquí la mano con los mosquitos, y ya no levantarán cabeza]. Pero Faraón se  puso más porfiado y no quiso hacerles caso, tal como Yavé lo había dicho anteriormente. De nuevo Yavé dijo a Moisés: «Levántate temprano, preséntate a Faraón cuando vaya al río, y dile: "Esto dice Yavé: 'Deja salir a mi pueblo para que me ofrezca sacrificios. Si tú no lo envías, enviaré yo tábanos contra ti, tus servidores y tu pueblo; e invadirán las habitaciones de los egipcios y todos los lugares donde viven. Pondré a salvo, sin embargo, la región de Gosén, porque mi pueblo vive en ella; allí no habrá tábanos, a fin de que entiendas que yo, Yavé, estoy en aquella tierra"». (...) Pero Faraón se puso porfiado una vez más y se negó a que Israel saliera de su país (Ex 8,1-28). Yavé dijo a Moisés: «Anda donde Faraón y dile: "Esto dice Yavé. el Dios de los hebreos: 'Deja salir a mi pueblo para que me rinda culto. Si te niegas otra vez y te pones duro con ellos, volveré mi mano contra los animales de tus campos, de manera que habrá una mortandad tremenda de los caballos, de los burros, de los camellos, de las vacas y ovejas. También haré distinción entre el ganado de los egipcios y el de mi pueblo, de manera que no se perderá nada de lo que pertenece a los hijos de Israel"» (...) Tomaron, pues, cenizas de un horno, se presentaron a Faraón, y Moisés las lanzó hacia el cielo. Luego aparecieron úlceras y tumores infecciosos en hombres y animales. Esta vez los brujos no pudieron presentarse delante de Faraón, pues tenían úlceras, como todos los demás egipcios. Pero Yavé mantuvo a Faraón en su ceguera, y éste no quiso escuchar a Moisés y a Aarón, tal como él lo había advertido (Ex 9,1-12). Yavé, pues, dijo a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo, para que caiga el granizo en toda la tierra de Egipto sobre hombres. ganados y sembrados». Así lo hizo Moisés. Extendió su bastón hacia el cielo, y Yavé mandó truenos y granizos, e hizo caer fuego sobre la tierra. Yavé hizo llover granizos sobre el país de Egipto. Caía el granizo y, junto a él, caía fuego; cayó tan fuerte como jamás se había visto desde que se fundó aquel país. El granizo dañó todo cuanto había en el campo, en todo el país de Egipto, desde los hombres hasta los animales; el granizo echó a perder todas las verduras del campo y aun quebró todos los árboles del campo. Pero no hubo granizada en la tierra de Gosén, donde habitaban los israelitas. Por fin, Faraón mandó llamar a Moisés y a Aarón y les dijo: «¡Ahora sí que tengo la culpa! Yavé es el justo; yo y mi pueblo somos los culpables. Pidan a Yavé que cesen esos truenos tremendos y esa granizada, y ya no los detendré, sino que les dejaré que se vayan». (...) En cuanto Moisés entró en la ciudad, volviendo de la casa de Faraón, alzó sus brazos hacia Yavé; y cesaron los truenos y el granizo y no cayó más lluvia sobre la tierra. Pero, al ver Faraón que habían cesado la lluvia y el granizo, volvió a pecar, pues siguió negándose a que salieran los hijos de Israel, tal como Yavé lo había dicho (Ex 9,22-35). 

Yavé dijo a Moisés: «Ve donde Faraón, porque he endurecido su corazón y el de sus ministros con el fin de realizar mis prodigios en medio de ellos. Así podrás contar a tus hijos y a tus nietos cuántas veces he destrozado a los egipcios y cuántos prodigios he obrado contra ellos; así conocerán ustedes que yo soy Yavé». Moisés y Aarón fueron al palacio de Faraón, al que le dijeron: «Esto dice Yavé, Dios de los hebreos: "¿Hasta cuándo te negarás a humillarte ante mí? Deja que mi pueblo salga para ofrecerme sacrificios. En caso contrario, si te niegas a que salgan, mañana mandaré langostas a tu país. Cubrirán toda la superficie del país, de suerte que ya no se vea la tierra, y devorarán todo lo que a ustedes les queda, todo lo que no destrozó el granizo; y además roerán todos los árboles que tienen en el campo. Llenarán tu casa, las de tus ministros y las de todo tu pueblo (...)"». Dicho esto, volvió las espaldas y dejó a Faraón. Los servidores de Faraón le dijeron: «¿Hasta cuándo va a ser nuestra ruina este hombre? Deja salir a esa gente para que ofrezca sacrificios a su Dios. ¿No te das cuenta cómo está arruinado el país?» (...) Al extender Moisés su bastón sobre el país de Egipto, Yavé hizo que un viento del oriente soplara todo aquel día y aquella noche. Al amanecer, el viento del oriente había traído la langosta (...) Ocultaron la luz del sol y cubrieron todas las tierras; devoraron toda la hierba del campo, y todos los frutos de los árboles que el granizo había dejado fueron devorados; no quedó nada verde en todo Egipto, ni de los árboles, ni de la hierba del campo (...) Pero Yavé hizo que Faraón continuara en su porfía y no dejara salir a Israel. Yavé dijo a Moisés: «Extiende tu mano hacia el cielo y cubrirán las tinieblas el país de Egipto, tan densas que la gente caminará a tientas». Así lo hizo Moisés, y al instante densas tinieblas cubrieron Egipto por espacio de tres días. No podían verse unos a otros, ni nadie pudo moverse durante los tres días; pero había luz para los hijos de Israel en todos sus poblados (Ex 10,1-23).

Yavé dijo a Moisés: «No mandaré más que esta última plaga sobre Faraón y sobre su pueblo. Después dejará que salgan, o más bien él mismo los echará fuera a todos ustedes. No olvides de decir a todo mi pueblo que cada uno pida a su amigo, y cada mujer a su vecina, objetos de oro y plata». Yavé hizo que los egipcios acogieran esta petición [pues vaya Dios, primero masacra y arruina a los egipcios por mero capricho personal; luego les saca la pasta en forma de oro y plata forzándoles su voluntad tal como hizo con el faraón] (...) Moisés dijo: «Esto dice Yavé: "A media noche saldré a recorrer Egipto y en Egipto morirán todos los primogénitos, desde el primogénito de Faraón que se sienta en el trono, hasta el de la esclava que mueve la piedra del molino, y todos los primeros nacidos de los animales. Y se escuchará un clamor tan grande en todo Egipto como nunca lo hubo ni lo habrá jamás. Pero entre los hijos de Israel, ni siquiera un perro llorará por la muerte de un hombre o por la muerte de animales, y ustedes sabrán que Yavé hace distinción entre egipcios e israelitas"» (...) Yavé dijo a Moisés: «A ustedes no los escuchará Faraón, y gracias a esto serán todavía mayores mis prodigios en la tierra de Egipto». Pues, mientras Moisés y Aarón obraban todos estos prodigios delante de Faraón, Yavé lo mantenía en su negativa, y seguía negándose a que Israel saliera de su país (Ex 11,1-10). Sucedió que, a media noche, Yavé hirió de muerte a todo primogénito del país de Egipto, desde el primogénito de Faraón que está sentado en el trono, hasta el del preso que está en la cárcel, y a todos los primeros nacidos de los animales. Faraón se levantó de noche, y con él toda su gente y todos los egipcios. Se oyó un clamor grande por todo Egipto, pues no había casa donde no hubiera algún muerto. Aquella misma noche Faraón llamó a Moisés y Aarón y les dijo: «Levántense y salgan de este pueblo, ustedes y los hijos de Israel (...)». Los hijos de Israel partieron de Ramsés a Sucot en número de unos seiscientos mil hombres, sin contar a los niños. También salió con ellos un montón de gente, con grandes rebaños de ovejas y vacas [por cierto, ¿qué es «gente»? Dios enumera a los hombres, dice que había niños y también "gente" ¿?

La estadía de los israelitas en Egipto fue de cuatrocientos treinta años. Cuando se cumplieron estos cuatrocientos treinta años, ese mismo día, todos los ejércitos de Yavé salieron de Egipto (Ex 12,29-41). Si uno quiere perderse en especulaciones absurdas, podría preguntarse, por ejemplo, si la obstinación suicida que Dios forzó en el faraón no fue más que un capricho del Señor para retrasar la marcha de su pueblo hasta el día de ese peculiar cumpleaños, en el que les regaló la libertad; cuatrocientos treinta años, nada menos... 4+3=7, siete, un número de mayúscula enjundia simbólica con el que cualquier conspiranoico de pro podría hacer un libro tipo El Código Egipcio... pero sigamos: Cuando Faraón despidió al pueblo, Dios no lo llevó por el camino del país de los filisteos, que era más corto. Pues Dios pensaba: «Si hay que combatir, tal vez el pueblo se asuste y vuelva a Egipto». Por eso los llevó rodeando por el camino del desierto hacia el Mar Rojo. Todo el pueblo salió de Egipto bien ordenado. [Vaya, así que Dios, que había mangoneado pasado, presente y futuro, no tenía claro si habría que combatir o no; y pensaba que su pueblo podría asustarse a pesar de que, tal como veremos, Dios en persona encabezaba la columna de hebreos condenada por el Altísimo a vagar cuarenta años por el desierto como auténticos pardillos.] (...) Partieron de Sucot y acamparon en Etam, que está en la proximidad del desierto. Yavé iba delante de ellos señalándoles el camino: de día iba en una columna de nube; de noche, en una columna de fuego, iluminándolos para que anduvieran de noche como de día. La columna de nube no se apartaba de ellos durante el día, ni la columna de fuego de noche (Ex 13,17-22).

Yavé dijo a Moisés: «Ordena a los hijos de Israel que cambien de rumbo y acampen frente a Pi-Hajirot, que está entre Migdal y el mar, delante de BaalSefón. Al llegar a este lugar levantarán el campamento junto al mar. Así pues, Faraón pensará que los hijos de Israel andan errantes en el país y que no pueden atravesar el desierto. Yo, entonces, haré que se ponga duro y los persiga a ustedes; y luego, me haré famoso a costa de Faraón y de todo su ejército, y sabrá Egipto que yo soy Yavé [por decimocuarta vez en el relato, Dios forzó al faraón a comportarse como el más necio de los malvados (o viceversa), para poder lucirse ante los suyos]. Ellos lo hicieron así. Anunciaron al rey de Egipto que el pueblo de Israel se había marchado. De repente, Faraón y su gente cambiaron de parecer respecto al pueblo. Dijeron: «¿Qué hemos hecho? Dejamos que se fueran los israelitas, y ya no estarán para servirnos». Faraón hizo preparar su carro y llevó consigo su gente. Tomó seiscientos carros escogidos, ¡todos los carros de Egipto!, cada uno con sus guerreros. Yavé había endurecido el corazón del rey y, mientras los israelitas se marchaban seguros, él los persiguió. Los egipcios, es decir, todos los carros, los caballos, los jinetes y el ejército de Faraón, se lanzaron en su persecución y les dieron alcance mientras acampaban junto al mar, cerca de Pi-Hajirot, frente a Baal-Sefón. Al aproximarse Faraón, los israelitas pudieron ver que los egipcios los estaban persiguiendo. Sintieron mucho miedo y clamaron a Yavé (...)

Yavé dijo a Moisés: «¿Por qué clamas a mí? Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha. Luego levanta tu bastón, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel pasen en seco por medio del mar. Yo, mientras tanto, endureceré el corazón de los egipcios para que salgan en persecución de ustedes [resulta kafkiano; Dios juega a dos bandas, hace trampas, perjudicando a su pueblo y destruyendo a quienes mejor sirven a sus intereses, que son los egipcios], y me haré famoso a costa de Faraón y de todo su ejército, de sus carros y de su caballería. Entonces Egipto conocerá que yo soy Yavé. El Ángel de Dios que iba delante de los israelitas pasó detrás de ellos; también la nube en forma de columna vino a colocarse detrás, poniéndose entre el campo de los israelitas y el de los egipcios. Esta nube era para unos tinieblas y para otros iluminaba la noche; y no se acercaron los unos a los otros durante la noche. Moisés extendió su mano sobre el mar y Yavé hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del oriente que secó el mar. Se dividieron las aguas. Los israelitas pasaron en seco, por medio del mar; las aguas les hacían de murallas a izquierda y a derecha. Los egipcios se lanzaron a perseguirlos, y todo el ejército de Faraón entró en medio del mar con sus carros y caballos. Llegada la madrugada, Yavé miró a los egipcios desde el fuego y la nube, y provocó el desorden en el ejército de Faraón. Atascó las ruedas de sus carros, que no podían avanzar sino con gran dificultad [y luego dicen que Dios es justo]. Entonces los egipcios dijeron: «Huyamos de Israel, porque Yavé pelea con ellos contra nosotros». [Esos egipcios eran unos linces, ¿dónde estaban y en qué pensaban cuando Yavé les machacó a base de plagas? Algo tarde, aunque por fin se enteraron de qué iba la cosa.] Pero Yavé dijo a Moisés: «Extiende tu mano sobre el mar, y las aguas volverán sobre los egipcios, sus carros y sus caballos (...)». Al amanecer, el mar volvió a su lugar. Mientras los egipcios trataban de huir, Yavé arrojó a los egipcios en el mar. Las aguas al volver cubrieron los carros, los caballos y su gente, o sea, todo el ejército de Faraón que había entrado en el mar persiguiéndolos: no se escapó ni uno solo» (Ex 14,1-28). ¿Hace falta añadir algo más? ¿No está suficientemente claro el glorioso ejemplo de conducta que dejó Dios al mundo? El dios bíblico forzó la voluntad del faraón para convertirle en el instrumento básico de su egocéntrica campaña de relaciones públicas. Nada le importó a Dios que su manipulación de la voluntad del faraón, para que obrase según convenía a sus prosaicos intereses, conllevase el sufrimiento y la ruina del pueblo egipcio, la muerte de todos sus hijos primogénitos y, en la traca final, el asesinato a traición —merced a la alevosa e insuperable intervención divina—del faraón y su ejército. Todos los muertos de esta historia eran inocentes; todos los «malos» eran buenos... pero Dios no se fija en esas minucias. El Dios bíblico deseaba sufrimiento y muertes para, según dejó dicho él mismo, ser famoso; «me haré famoso a costa de Faraón y de todo su ejército» (Ex 14,4), afirmó sin pudor ninguno.

Hoy, la caterva de sujetos que son capaces de cualquier cosa ante una cámara de televisión a fin de adquirir notoriedad y, de resultas, vivir como Dios, se pondrán a aplaudir con las orejas de puro contentos al conocer que, en el segundo libro de la Biblia, el mismísimo Dios instauró y bendijo la base universal de sus lamentables conductas. La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: todo vale, sin límites éticos ni legales, cuando se maniobra con la intención de saltar a la fama. Epílogo de esta historia: así le paga Dios a sus héroes... Moisés fue, quizá, el hombre que mayores servicios le prestó a Dios —si tomamos por cierto lo que históricamente no lo fue, claro está—, a tal punto que No ha vuelto a surgir en Israel profeta semejante a Moisés. Con él, Yavé había tratado cara a cara. ¡Cuántos milagros y maravillas hizo en Egipto contra Faraón, contra su gente y todo su país! ¡Qué mano tan poderosa y qué autoridad para obrar estos prodigios a los ojos de todo Israel! (Dt 34,10-12). Pero todo su brillante currículo de líder milagrero se fue al traste por un infantil choque de egos con Dios, y ya se sabe que donde hay patrón no manda marinero. La cosa la dejó fijada la palabra divina en el libro titulado Números, que dice: “Moisés sacó la varilla que estaba ante Yavé tal como se le había ordenado. Luego Moisés y Aarón reunieron a la comunidad frente a la roca y Moisés dijo: «¡Oigan, pues, rebeldes! ¿Así que nosotros vamos a hacer brotar para ustedes agua de esta roca?». Moisés levantó su mano y golpeó dos veces  la roca con su varilla. Entonces brotó agua en abundancia y tuvieron para beber la comunidad y su ganado. Pero Yavé dijo a Moisés y Aarón: «¡Ustedes no han tenido confianza en mí! Ya que no me glorificaron ante los israelitas, no harán entrar a esta comunidad en la tierra que les daré» (Nm 20,9-12). Dicen los expertos, ya que Dios no lo aclara bien del todo, que «Moisés fue castigado por hablar con rabia, por no decir que el milagro era de Yavé y por golpear la roca como si él tuviese el poder de hacer que diera agua». 

Resulta curioso el afán de protagonismo de Dios. A Moisés, que debía de estar más que harto de su quejicoso pueblo, se le fue el santo al cielo y olvidó mencionar el copyright divino del milagro acuático —que ya me dirán ustedes quién podría tener dudas sobre la autoría tras tanto prodigio derivado de la epopeya egipcia—, y Dios, que estaba siempre al quite en los asuntos intrascendentes de los que podía sacar tajada, fama o causar pavor, aprovechó el lapsus de Moisés para darle un castigo ejemplar: ni él ni su generación podrían pisar la tierra prometida. Esto sí que es tener mala baba; dejarles a un palmo del paraíso tras pasar tribulaciones sin cuento por el desierto siguiendo el camino más penoso posible al que les empujó Dios expresamente (Ex 13,1718). Moisés le rogó algo de compasión a Dios. Pero el Altísimo llevaba ya algunas décadas sin usar la misericordia y no creyó oportuno recuperar tamaña virtud cuando podía alcanzar más fama aplicando un castigo ejemplar. «Déjame, por favor, pasar y ver esta espléndida tierra del otro lado del Jordán [le rogó Moisés a Dios], aquellos espléndidos cerros y también el Líbano.» Pero Yavé se había enojado conmigo [se supone que es Moisés quien escribe, pero es mucho suponer, ya que cuando se escribió el Deuteronomio este personaje épico ya llevaba unos siete siglos muerto] por culpa de ustedes y no me escuchó, antes bien me dijo: «Basta ya, no me hables más de eso, pero sube a la cumbre del Pisga y desde allí mira al oeste y al norte, al sur y al oriente. Tú verás la tierra, pero no pasarás ese Jordán» (Dt 3,25-27). La verás, pero no la catarás, vino a decirle Dios a su hombre mientras dejaba que llenase sus retinas con la imagen de una tierra prometida que no pisará; castigando así terriblemente un pecadillo de jactancia —¿quién no ha presumido de algún mérito ajeno ante sus amigotes?— mientras Dios Todopoderoso parecía olvidarse de la viga en el ojo propio. Verbigracia: «Así podrás contar a tus hijos y a.tus nietos [le dijo Dios a Moisés] cuántas veces he destrozado a los egipcios y cuántos prodigios he obrado contra ellos; así conocerán ustedes que yo soy Yavé» (Ex 10,2). «Yo, entonces, haré que se ponga duro y los persiga a ustedes; y luego, me haré famoso a costa de Faraón y de todo su ejército» (Ex 14,4). Sin más comentarios. 

BRIBONES EN GUERRA: DIOS DERROTÓ A LOS AMALECITAS PERMITIENDO QUE MOISÉS HICIESE TRAMPA CON SU BASTÓN MÁGICO 

La Biblia muestra en mil ocasiones que Dios no gusta del juego limpio. En este relato permitió que Moisés, su hermano menor Aarón y Jur, su hombre de confianza, actuasen como auténticos tahúres del Misisipí... aunque estuviesen en pleno desierto del Sinaí. Lo leemos en el Libro del Éxodo: En Refidim los amalecitas vinieron a atacar a Israel. Moisés dijo a Josué: «Elígete algunos hombres y marcha a pelear contra los amalecitas. Yo, por mi parte, estaré mañana en lo alto de la loma, con el bastón de Dios en mi mano». Josué hizo como se lo ordenaba Moisés, y salió a pelear contra los amalecitas. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cumbre de la loma. Y sucedió que mientras Moisés tenía las manos arriba, se imponía Israel, pero cuando las bajaba, se imponían los amalecitas. Se le cansaron los brazos a Moisés; entonces tomaron una piedra y sentaron a Moisés sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían los brazos, uno a cada lado. Así, Moisés mantuvo sus brazos alzados hasta la puesta del sol y Josué hizo una enorme matanza entre la gente de Amalec. Entonces Yavé dijo a Moisés: «Escribe todo esto en un libro para que sirva de recuerdo, y dile a Josué que yo no dejaré ni el recuerdo de Amalec debajo de los cielos» (Ex 17,8-14).

¡Bravo por Dios! Le dio al jefe de su pueblo elegido un bastón hacedor de prodigios, que permitía ganar al enemigo mientras se sostuviese en alto, pero el gran Moisés no andaba bien de forma y se le caían los brazos, y con ellos la ventaja tramposa que tenían contra los amalecitas. Como, al parecer, los guerreros israelitas no lograban ganar ni con el adminículo de Dios alzado, en medio de esa especie de mascarada vudú —ahora levanto el palo y ganan los míos, ahora lo bajo y ganan los tuyos— los tramposos se superaron a sí mismos y entre Aarón y Jur sostuvieron los brazos de Moisés en alto hasta que la batalla acabó (tarde) en masacre de los pobres amalecitas, que ni se olieron la razón por la que perdían por goleada. ¿Dónde estaba el fair play que cabe suponerle a un pueblo de Dios? Pero ¿y Dios? ¿Por qué premió la vagancia y desidia de Moisés con la victoria? ¿Es éste el ejemplo que quería dejarle a los buenos cristianos del futuro (que, entonces, ni había ni se les esperaba)? ¿Qué puede replicarle un padre cristiano de hoy a un hijo que, según el ejemplo de Moisés, acuda a enfrentarse a un examen con el bolsillo lleno de chuletas y respaldado por un par de tramposos como él? La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: ser tramposo no es un problema si se logra lo que se desea (lo que desea Dios, por supuesto)... y nadie te pesca.

DIOS SE APOSTÓ LA FIDELIDAD DE JOB CON UNO DE SUS ÁNGELES... UN JUEGO POR EL QUE MATÓ A MUCHOS INOCENTES Y ARRUINÓ Y TORTURÓ A TAN SANTO Y PACIENTE VARÓN 

La paciencia con la que Job soportó las desgracias a las que fue sometido es otro de los relatos bíblicos que todos conocen. Pero la historia que nos han contado y recordamos no es exactamente la que figura en la Biblia. Aunque es cierto —según cuenta la palabra divina, claro— que Satán puso a prueba la fidelidad de Job hacia Dios, es verdad más importante el recordar que al santo Job se le torturó con saña a causa de la chulería con que se mostró Dios ante su ángel «acusador» —y mal identificado como Satán— y sólo a partir de la instigación y concesión de poderes del primero al segundo para que dañara a Job. Dios cruzó una apuesta con su ángel «acusador» (Satán) para comprobar la resistencia de Job y le dio cartas y poder para jugar esa partida. De resultas, murieron muchos inocentes a causa de la intervención directa de Dios para preparar el escenario de la apuesta, mientras que Job sufrió el dolor de sus carnes llagadas por acción del ángel de Dios en funciones de «acusador». Así pues, ¿quién se comportó peor, Dios o su ángel «acusador»?

El Libro de Job nos lo cuenta así: “Había en el país de Us un hombre llamado Job; era un varón perfecto que temía a Dios y se alejaba del mal. Tuvo siete hijos y tres hijas. Tenía muchos servidores y poseía siete mil ovejas, tres mil camellos, quinientas yuntas de bueyes y quinientas burras. Este hombre era el más famoso entre todos los hijos de oriente. Sus hijos acostumbraban a celebrar banquetes por turno, en casa de cada uno de ellos, e invitaban también a sus tres hermanas a comer y beber con ellos. Una vez terminados los días de esos banquetes, Job los mandaba a llamar para purificarlos; se levantaba muy temprano y ofrecía sacrificios por cada uno de ellos, pues decía: «Puede que mis hijos hayan pecado y ofendido a Dios en su corazón». Así hacía Job. Un día, cuando los hijos de Dios [esto es, los ángeles] vinieron a presentarse ante Yavé, apareció también entre ellos Satán [otro ángel, aunque éste adscrito al papel de «acusador» o fiscal ante Dios]. Yavé dijo a Satán: «¿De dónde vienes?». Satán respondió: «Vengo de la tierra, donde anduve dando mis vueltas». Yavé dijo a Satán: «¿No te has fijado en mi servidor Job? No hay nadie como él en la tierra. Es un hombre bueno y honrado, que teme a Dios y se aparta del mal». Satán respondió: «¿Acaso Job teme a Dios sin interés? ¿No lo has rodeado de un cerco de protección a él, a su familia y a todo cuanto tiene? Has bendecido el trabajo de sus manos y sus rebaños hormiguean por el país. Pero extiende tu mano y toca sus pertenencias. Verás si no te maldice en tu propia cara». Entonces dijo Yavé a Satán: «Te doy poder sobre todo cuanto tiene, pero a él no lo toques. Y Satán se retiró de la presencia de Yavé» (Job 1,1-12). Los versículos siguientes son un torrente de desgracias sin fin para el pobre Job... Vino un mensajero y le dijo a Job: «Tus bueyes estaban arando y las burras pastando cerca de ellos. De repente aparecieron los sabeos y se los llevaron y a los servidores los pasaron a cuchillo» (...) llegó otro que dijo: «Cayó del cielo fuego de Dios y quemó completamente a las ovejas y sus pastores» (...) entró un tercero, diciendo: «Los caldeos, divididos en tres grupos, se lanzaron sobre tus camellos, se los llevaron, dieron muerte a espada a tus mozos» (...) un último lo interrumpió, diciendo: «Tus hijos e hijas estaban comiendo y bebiendo vino en casa del mayor de ellos. De repente sopló un fuerte viento del desierto y sacudió las cuatro esquinas de la casa; ésta se derrumbó sobre los jóvenes y han muerto todos (...)». Entonces Job se levantó y rasgó su manto. Luego, se cortó el pelo al rape, se tiró al suelo y, echado en tierra, empezó a decir: «Desnudo salí del seno de mi madre, desnudo allá volveré. Yavé me lo dio, Yavé me lo ha quitado, ¡que su nombre sea bendito!». En todo esto no pecó Job ni dijo nada insensato en contra de Dios (Job 1,14-22). El juego entre Dios y su ángel «acusador» (Satán) andaba 1 a 0 a favor del primero, pero el objeto de la apuesta, Job, todavía podía ser peor tratado con tal de dirimir esa disputa de machitos celestiales. Otro día en que vinieron los hijos de Dios a presentarse ante Yavé, se presentó también con ellos Satán. Yavé dijo a Satán: «¿De dónde vienes?». Satán respondió: «De recorrer la tierra y pasearme por ella». Yavé dijo a Satán: «¿Te has fijado en mi siervo Job? No hay nadie como él en la tierra; es un hombre bueno y honrado que teme a Dios y se aparta del mal. Aún sigue firme en su perfección y en vano me has incitado contra él para arruinarlo» [esta frase es fundamental, ya que Dios reconoce que él personalmente ha destrozado la vida de Job y matado a sus empleados y a sus hijos según le pidió su ángel «acusador»] Respondió Satán: «Piel por piel. Todo lo que el hombre posee lo da por su vida. Pero extiende tu mano y toca sus huesos y su carne; verás si no te maldice en tu propia cara». Yavé dijo: «Ahí lo tienes en tus manos, pero respeta su vida». Salió Satán de la presencia de Yavé e hirió a Job con una llaga incurable desde la punta de los pies hasta la coronilla de la cabeza [aquí, al parecer, ya no es Dios, sino su ángel, quien tortura directamente al pobre desgraciado]. Job tomó entonces un pedazo de teja para rascarse y fue a sentarse en medio de las cenizas. Entonces su esposa le dijo: «¿Todavía perseveras en tu fe? ¡Maldice a Dios y muérete!». Pero él le dijo: «Hablas como una tonta cualquiera. Si aceptamos de Dios lo bueno, ¿por qué no aceptaremos también lo malo?». En todo esto no pecó Job con sus palabras. Tres amigos de Job: Elifaz de Temán, Bildad de Suaj y Sofar de Naamat se enteraron de todas las desgracias que le habían ocurrido y vinieron cada uno de su país. Acordaron juntos ir a visitarlo y consolarlo (Job 2,1-11). En los siguientes cuarenta capítulos se suceden varias tandas de diálogos de Job con sus tres amigos y, finalmente, con Dios, representando un drama de lo humano y lo divino que reviste cierta fuerza e interés por su fondo crítico... una virtud que le debe, sin duda alguna, a ser una historia ajena a los clásicos contenidos hebreos bíblicos, puesto que la narración fue plagiada de un relato sumerio y/o egipcio muy popular desde hacía más de un millar de años. Y Job respondió a Yavé [que se había pasado cuatro capítulos recriminándole su arrogancia por intentar comprender asuntos no aptos para mortales]: «Reconozco que lo puedes todo, y que eres capaz de realizar todos tus proyectos. Hablé sin inteligencia de cosas que no conocía, de cosas extraordinarias, superiores a mí. Yo te conocía sólo de oídas; pero ahora te han visto mis ojos. Por esto, retiro mis palabras y hago penitencia sobre el polvo y la ceniza». Yavé, después de hablarle así a Job, se dirigió a Elifaz de Temán: «Me siento muy enojado contra ti y contra tus dos amigos, porque no hablaron bien de mí, como lo hizo mi servidor Job. Por lo tanto, consíganse siete becerros y siete carneros y vayan a ver a mi servidor Job. Ofrecerán un sacrificio de holocaustos, mientras que mi servidor Job rogará por ustedes. Ustedes no han hablado bien de mí, como hizo mi servidor Job, pero los perdonaré en consideración a él». (...)

Aquí termina la historia del santo Job. Yavé hizo que la nueva situación de Job superara la anterior, porque había intercedido por sus amigos y aun Yavé aumentó al doble todos los bienes de Job. Éste vio volver a él a todos sus hermanos y hermanas, lo mismo que a los conocidos de antes. Comían con él en su casa, lo compadecían y consolaban por todos los males que Yavé le había mandado. Cada uno de ellos le regaló una moneda de plata y un anillo de oro. Yavé hizo a Job más rico que antes. Tuvo catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil burras. Tuvo siete hijos y tres hijas (...) No se hallaban en el país mujeres tan bellas como las hijas de Job. Y su padre les dio parte de la herencia junto con sus hermanos. Job vivió todavía ciento cuarenta años después de sus pruebas, y vio a sus hijos y a sus nietos hasta la cuarta generación (Job 42,1-17). Bien está lo que bien acaba, pero de nuevo merece la peor de las críticas esa actitud chulesca de Dios ante su ángel —al que todas las versiones bíblicas, para quitarle hierro a la responsabilidad divina por los daños causados, han hecho pasar, sin serlo, por Satán/Satanás, la personificación del mal absoluto—, presumiendo ostentosa e innecesariamente de la fidelidad a toda prueba de su siervo Job, y accediendo con gusto, presteza y crueldad a matar a los empleados, hijos y ganado del paciente Job con tal de ganar la apuesta cruzada con su ángel. En esta historia no intervino ningún demonio ni espíritu del mal. Todo el terrible daño infligido a Job, a su familia y colaboradores, y todas las violentas muertes de inocentes, fueron obra exclusiva de Dios y de su ángel por expresa voluntad del primero. Así lo asegura la propia palabra inspirada del Altísimo, aunque la de sus seguidores a lo largo de la historia le haya estado hurtando a esta narración la verdadera autoría del calvario por el que atravesó Job. La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: la vida de un hombre, o la de muchos, no tiene la menor importancia cuando se trata de proclamar la preeminencia de la fe ciega sobre cualquier sentimiento o circunstancia humanitaria. 

EPÍLOGO NEOTESTAMENTARIO SOBRE LA AFICIÓN DE DIOS A TORTURAR A QUIENES LE GUARDAN FIDELIDAD ABSOLUTA DE MODO BIEN EVIDENTE 

Los relatos neotestamentarios, en algunos de sus episodios más notables, reprodujeron lo sustancial de situaciones ya incluidas en el Antiguo Testamento, aunque usando un lenguaje menos pueril y recargado, introduciendo una notable carga alegórica y, sobre todo, evitando recrearse en los detalles de crueldad (tan del agrado del dios veterotestamentario). El famoso episodio de las tentaciones de Jesús, por mucho significado místico que se le dé —y que sin duda puede tener—, entronca perfectamente con la historia veterotestamentaria de Job, destinada, como la de Jesús, a ensalzar la fidelidad a Dios ante la adversidad y la tentación. El relato de Mateo situó a Jesús en el río Jordán recibiendo el bautismo de manos de Juan: “Una vez bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y se posaba sobre él. Al mismo tiempo se oyó una voz del cielo que decía: «Éste es mi Hijo, el Amado; éste es mi Elegido» (Mt 3, 16-17). El Espíritu condujo a Jesús al desierto para que fuera tentado por el diablo y después de estar sin comer cuarenta días y cuarenta noches, al final sintió hambre. Entonces se le acercó el tentador y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: "El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios"». Después el diablo lo llevó a la Ciudad Santa y lo puso en la parte más alta de la muralla del Templo. Y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, pues la Escritura dice: "Dios dará ordenes a sus ángeles y te llevarán en sus manos para que tus pies no tropiecen en piedra alguna"». Jesús replicó: «Dice también la Escritura: "No tentarás al Señor tu Dios"». A continuación lo llevó el diablo a un monte muy alto y le mostró todas las naciones del mundo con todas sus grandezas y maravillas. Y le dijo: «Te daré todo esto si te arrodillas y me adoras». Jesús le dijo: «Aléjate, Satanás, porque dice la Escritura: "Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás"». Entonces lo dejó el diablo y se acercaron los ángeles a servirle (Mt 4, 1-11). Según los exegetas autorizados, Jesús, tras ese breve pulso con el ángel acusador (que no «diablo») —citando ambos versículos del Deuteronomio, aunque quedando a años luz de la profundidad e interés del debate que, a lo largo de cuarenta capítulos, sostuvo Job con sus tres amigos y con el mismo Dios—, logró la plenitud y aval divino para comenzar su misión. Bien. Pero si Jesús era el hijo de Dios enviado por él mismo a redimir a la humanidad, ¿para qué someterle a tal prueba? ¿No le conocía bien? ¿No estaba seguro el padre de lo que sería capaz de hacer su hijo? ¿Para qué lo envió si desconfiaba? De nuevo estamos ante la teatralidad de un Dios bíblico incapaz de mostrar caminos y ejemplos de conducta sin hacer sufrir a alguien... aunque, claro está, culpando oficialmente de las torturas a terceros —en este caso, a una coautoría entre el «Espíritu de Dios» y su ángel o satán—, que no son más que recursos literarios tramposos para camuflar o suavizar lo que, desde cualquier punto de vista (creyente), no puede ser más que la acción directa de la voluntad de Dios

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