miércoles, 2 de abril de 2014

CAPITULO 11: DIOS Y LOS INOCENTES


 La Biblia es un completísimo catálogo de castigos brutales aplicados sobre aquellos, personas o pueblos, a quienes Dios, exultante de sagrada ira, consideró culpables de vulnerar alguno de sus mandatos. Su justicia, tal como ya se ha visto, fue sui géneris, puesto que dejó sin castigo a grandes criminales y a lamentables delincuentes —que gozaron de su protección y bendición—, al tiempo que masacró a incontables millares de inocentes y, en el mejor de los casos, castigó a descendientes por errores o delitos cometidos por sus padres o abuelos: Y Él [Dios] pasó delante de Moisés diciendo con voz fuerte: «Yavé, Yavé es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad. Él mantiene su benevolencia por mil generaciones y soporta la falta, la rebeldía y el pecado [todo el Antiguo Testamento demuestra fehacientemente justo lo contrario], pero nunca los deja sin castigo; pues por la falta de los padres pide cuentas a sus hijos y nietos hasta la tercera y la cuarta generación» (Ex 34,6-7). Ésta es la justicia divina, el padre se beneficia del delito cometido sin la menor sanción y el hijo o el nieto, totalmente ajenos e inocentes, pagan el pato con creces. Pero siendo tales conductas algo abusivas —aunque Dios sabrá, claro—, parece incluso peor leer en algunos relatos bíblicos cómo Dios castigó terriblemente a muchos inocentes a causa de que sus jefes cumplieron con lo que Dios les había ordenado previamente, o se comportaron tal como sus mandatos exigían. Tres historias muy diferentes nos ayudarán a conocer mejor este aspecto de Dios. 

DIOS ARRASÓ A SU PUEBLO CON LA PESTE PARA CASTIGAR AL REY DAVID... ¡POR HABER CUMPLIDO SIN CHISTAR UNA ORDEN DIVINA! 

El rey David fue diligente en hacer lo que Dios le ordenó, esto es, censar a su pueblo, pero de buenas a primeras el Altísimo lo tomó a mal y ¡masacró al pueblo censado!, que no tuvo ni arte ni parte en la cosa. Nos lo cuenta con claridad meridiana el 2 Libro de Samuel: De nuevo se encendió contra Israel la cólera de Yavé, quien impulsó a David a causar su desgracia. «Anda —le dijo—, y haz el censo de Israel y Judá» [es la propia palabra de Dios la que confirma que obligó al rey a causar la desgracia de su pueblo]. El rey dijo a Joab, el jefe del ejército, que estaba con él: «Recorre todas las tribus de Israel desde Dan hasta Bersebá. Cuenta al pueblo, así sabré cuántos son». Joab dijo al rey: «(...) ¿ Pero por qué el rey mi señor quiere tal cosa?». Pero como la palabra del rey era una orden para Joab y los jefes del ejército, salió de la casa del rey junto con los jefes del ejército para ir a hacer el censo de la población de Israel (...) Recorrieron pues todo el país y regresaron a Jerusalén al cabo de nueve meses y veinte días. Joab le entregó al rey el número exacto de la población: Israel contaba con ochocientos mil hombres de armas capaces de manejar la espada, y Judá, con quinientos mil. Pero en seguida el corazón de David se puso a palpitar; ¡había censado al pueblo! [usted perdone, ¿y dónde está el problema?]. Le dijo a Yavé: «Cometí un grandísimo pecado. Perdona, Yavé, ahora, el pecado de tu servidor: actué como un tonto» [¿pecado? ¡Pero si hace unos pocos versículos que Dios le ordenó que hiciese el censo!]. Al día siguiente, mientras David se levantaba, la palabra de Yavé fue dirigida al profeta Gad, el vidente de David [si Dios le había dado directamente a David la orden de censar al pueblo, ¿por qué ahora usaba un intermediario?]: «Ve a transmitir a David esta palabra de Yavé: "Te propongo tres cosas, elige una y la llevaré a cabo"». Gad se presentó ante David y le dijo: «¿Qué elegirías: tres años de hambruna en todo el país, tres meses huyendo de un enemigo que te persigue, o tres días de peste en el país? Piénsalo, tú me dirás qué respuesta debo llevar al que me envió». David dijo a Gad: «Estoy en un gran aprieto, pero es mejor para nosotros caer en las manos de Yavé, porque él es rico en misericordia, antes que caer en manos de los hombres» [Dios sería rico en misericordia, pero también era infinitamente cicatero en su administración]. 

Y David escogió la peste. Era el tiempo de la cosecha del trigo, y Yavé envió la peste a Israel desde esa mañana hasta el plazo fijado. El flagelo golpeó al pueblo y murieron setenta mil hombres desde Dan hasta Bersebá [y suma y sigue el listado de cientos de miles de muertos inocentes por acto injusto, cuando no mero capricho, de Dios]. El ángel exterminador extendió su mano hacia Jerusalén, pero Yavé se arrepintió del mal y dijo al ángel exterminador: «¡Detente! ¡Retira tu mano!». El ángel de Yavé estaba en ese momento cerca de la era de Arauna el jebuseo. Cuando David vio al ángel que castigaba a la población, se volvió hacia Yavé y le dijo: «Yo pequé, yo cometí esa gran falta, pero ¿qué hizo el rebaño? Que tu mano se abata sólo sobre mí y la casa de mi padre» [pero no, Dios suele preferir lo teatral, la gran masacre de inocentes antes que el castigo de algún culpable... que, en este caso, sólo era el propio Dios]. Ese día el profeta Gad fue a ver a David y le dijo: «Sube y levanta un altar a Yavé en la era de Arauna el jebuseo» (...) David levantó allí un altar a Yavé y ofreció en él holocaustos y sacrificios de comunión. Entonces Yavé tuvo piedad de Israel y se apartó la peste de Israel» (2 Sm 24,1-25). Genial: Dios, encolerizado de nuevo contra su pueblo, le ordenó a David que lo censara; él lo hizo (en contra del criterio de sus generales), aunque resulta que, por algún motivo misterioso, la cosa era pecado muy gordo y, claro, merecedora de castigo divino. Pero en lugar de sancionarse Dios a sí mismo por haber forzado el delito, o darle unos azotes al rey David por ser tan patéticamente crédulo con el primero que le hablase desde el cielo, Dios se decantó por asesinar a decenas de miles de ciudadanos totalmente inocentes. El relato bíblico citado dejó tan claro que Dios fue el único responsable de tamaña canallada que, posteriormente, cuando se redactó el libro 1 de Crónicas (c 400 a. C.), algún listo quiso enmendarle la plana a Dios —y, de paso, lavarle algo la cara— y ni corto ni perezoso, al contar la misma historia, se sacó de la manga el versículo siguiente: Satanás se levantó contra Israel e incitó a David a hacer el censo de Israel (1 Cr 21,1). Pero no, no fue ningún satan —ni ángel, ni Satanás (que en tiempos de David todavía no había sido inventado)— quien incitó el censo y asesinó a muchos miles de inocentes, sino que fue el propio Dios, tal como él mismo nos dejó escrito mediante su palabra verdadera y eterna. La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: donde hay patrón no manda marinero y, a mayor gloria del jefe, la marinería debe cargar siempre con las culpas y errores del patrón. 

DIOS DISPUSO LA LAPIDACIÓN DE ACÁN Y DE SU FAMILIA POR QUEDARSE CON ALGUNOS BIENES HALLADOS EN LOS RESTOS DE JERICÓ, ¡UNA CIUDAD MASACRADA POR ORDEN DIVINA! 

El enunciado de este capítulo puede parecer una contradicción en sí mismo, pero no, no lo es. Sólo relata una salvajada. Una más. Tras el asalto y destrucción de la ciudad de Jericó por las hordas de Josué, una masacre ordenada y posibilitada por Dios —tal como ya vimos anteriormente—, que, además, también condenó al anatema, al exterminio sin piedad, a todos los seres vivos y bienes de la ciudad, uno de los participantes, el pobre Acán, sucumbió al deseo de quedarse para sí un manto y varias piezas de oro y plata halladas entre las ruinas de la ciudad. El desliz de Acán desató la cólera de Dios que no se había saciado todavía con el asesinato de todos los habitantes de Jericó—y el Altísimo, ni corto ni perezoso, abandonó la protección que le daba a su pueblo para que pudiese masacrar impunemente a cuanta población se le cruzase, hizo morir a unos tres mil de los suyos y, finalmente, instó la lapidación de Acán y de toda su familia, así como la destrucción de todos sus bienes. Así se las gastaba Dios, y así lo cuenta su palabra inspirada en el libro de Josué. Los israelitas cometieron una grave infidelidad a propósito del anatema. Acán, hijo de Carmí, hijo de Zabdi, hijo de Zerá, de la tribu de Judá, tomó cosas prohibidas por el anatema, y estalló la cólera de Yavé contra los israelitas. Desde Jericó, Josué envió hombres a Aí, que está al lado de Betaven, al este de Betel (...) Subieron más o menos tres mil hombres del pueblo, pero los habitantes de Aí los rechazaron. La gente de Aí les mataron como treinta y seis hombres y luego los persiguieron desde la puerta de la ciudad hasta Sebarim. En la bajada los masacraron. Presa del miedo, el pueblo se desanimó (...) Josué dijo entonces: «¡ Ay! ¡Señor Yavé! ¿Para qué hiciste que este pueblo atravesara el Jordán? ¿Fue acaso para entregarnos en manos de los amoreos y hacernos morir? ¿Por qué no nos quedamos mejor al otro lado del Jordán? Señor, Israel ha vuelto la espalda frente a sus enemigos: ¿qué puedo decir ahora? Los cananeos y todos los habitantes de este país lo van a saber, nos cercarán y borrarán nuestro nombre de este país. ¿Qué vas a hacer por el honor de tu gran nombre?» [un gran pueblo, ese de Dios; a la que éste no les hacía el trabajo sucio y les daba la victoria, lloriqueaban en el suelo como tortugas poniendo huevos. 

Debe recordarse que  Josué ya había asesinado, sin el menor remordimiento ni piedad, a miles de habitantes en las ciudades que invadió... y también asesinará a los doce mil que vivían en Aí, la ciudad que ahora había rechazado su ataque invasor]. Yavé respondió a Josué: «¡Levántate! ¿Por qué estás ahí tirado con el rostro en tierra? Israel pecó, fue infiel a la Alianza que le prescribí. Tomaron objetos prohibidos por el anatema, los robaron, mintieron y los escondieron en el equipaje (...) Ya no estaré más con ellos mientras no quiten el anatema de entre ustedes [obsérvese que Dios propició la masacre de los tres mil hombres de Josué sabiendo perfectamente que el anatema, quien incumplió su aplicación, fue un solo hombre]. Pues bien, vas a santificar a los israelitas. Les dirás: «Santifíquense para mañana, porque esto dice Yavé, el Dios de Israel (...) Por eso comparecerán mañana por tribus. La tribu que retenga Yavé comparecerá por familias, la familia que retenga Yavé comparecerá por casas, y la casa que retengas Yavé comparecerá por cabezas. El que haya sido designado será quemado en la hoguera con todo lo que le pertenezca, porque fue infiel a la Alianza de Yavé y cometió un crimen en Israel». Al día siguiente, Josué se levantó muy de madrugada e hizo que compareciera Israel. Fue retenida la tribu de Judá (...) y fue retenida la familia de Zerá (...) y fue retenida la casa de Zabdi (...) y fue retenido Acán (...) Acán respondió a Josué: «Es cierto, pequé contra Yavé, el Dios de Israel, y esto fue lo que hice: En medio de los despojos [de la ciudad de Jericó, arrasada por orden de Dios y de la mano de Josué] vi un hermoso manto de Chinear, doscientas piezas de plata y un lingote de oro que pesaba cincuenta siclos. Cedí a la tentación y los tomé. Están ocultos en el suelo en el centro de mi tienda y la plata está debajo» (...) Lo sacaron entonces de la tienda y lo llevaron a donde estaba Josué con todo Israel. Y lo depositaron todo delante de Yavé. Josué y todo Israel tomaron a Acán hijo de Zerá, con la plata, el manto, el lingote de oro, los hijos y las hijas de Acán junto con sus bueyes, sus burros, sus ovejas, su tienda y todo lo que le pertenecía, y los llevaron al valle de Acor. Entonces Josué le dijo: «¿Por qué atrajiste la desgracia sobre nosotros? Que Yavé, hoy día, te traspase a ti la desgracia». Y todo Israel lo apedreó. Los quemaron en la hoguera y los apedrearon (...) y Yavé se apaciguó del ardor de su cólera (Jos 7,1-26). Hermoso ejemplo, sí señor. Josué y su horda de asesinos protegidos de Dios se pasearon por versículos y más versículos bíblicos matando a miles de inocentes y robando impunemente sus riquezas, pero cuando uno de sus hombres se quedó con un cachito del botín que pertenecía a Dios, es decir, al clero, el Altísimo se levantó en cólera, propició que los de Aí matasen a tres mil hebreos —en defensa propia, que esto ya es bien raro en la Biblia— y, al no considerarlo suficiente castigo, Dios organizó el juicio antes descrito y, en cumplimiento de su ley, fueron asesinados los «hijos y las hijas de Acán» y quemados junto a su ganado «y todo lo que le pertenecía», una partida de bienes en la que ni siquiera se tuvo la decencia de citar a su esposa o esposas, pero ya se conoce la afición que le tenía el pueblo de Dios a la lapidación de mujeres casadas, y seguro que no se libraron. Consuela y tranquiliza saber que, tal como el propio Dios le había confesado a Moisés, «Yavé, Yavé es un Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad» (Ex 34,6). Una gran verdad esta, pues de haber sido un dios malvado, seguro que Acán hubiese tenido que pagar previamente las piedras con las que fueron lapidados y la leña con la quefueron quemados. Pero eso no ocurrió, ya que Dios sólo dispuso el asesinato de todos los miembros (absolutamente inocentes) de la familia de Acán. Clemencia divina en estado puro. La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: a grandes delitos, grandes perdones (caso de Josué), pero cuando son los grandes delincuentes quienes mandan, hace falta imponer castigos ejemplares a los pequeños transgresores (caso de Acán)... no vaya a ser que éstos acaben comportándose como sus jefes. 

DIOS HIZO MORIR A UN PROFETA QUE SE NEGÓ A DARLE UNA PALIZA A OTRO PROFETA 

Esta historia parece algo estúpida y kafkiana, pero tal como la inspiró Dios en el 1 Libro de Reyes así la reproducimos: En ese mismo momento un hermano profeta decía a su compañero por orden de Yavé: «¡Pégame!». Pero el otro no quiso pegarle. Entonces le dijo: «Ya que no hiciste caso a la voz de Yavé, te atacará un león después que me hayas dejado». Se fue, lo pilló un león y lo mató [los avezados en leer la Biblia ya saben que ese felino justiciero sólo pudo enviarlo Dios, al igual que poco antes había enviado otro león para liquidar a otro profeta (1 Re 13,24) que, en ese caso, había sido engañado por otro colega, que le habló en nombre de Dios —y éste, claro, sólo mató al que fue llevado a engaño, no al que le mintió—,¡ vaya panda la de esos profetas!]. El profeta fue a buscar a otro compañero [el clan debía ser numeroso] y le dijo: «¡ Pégame!». El hombre comenzó a pegarle y lo dejó herido. Entonces el hermano profeta fue a ponerse por donde debía pasar el rey; se había disfrazado con un pañuelo en los ojos [¿y para qué necesitaba la paliza ese tipo si todo lo que hizo fue disfrazarse con un pañuelo?].Cuando pasaba el rey, le gritó: «Llegué al campo de batalla justo cuando otro se retiraba. Me encargó a un prisionero diciéndome: "Vigila bien a este hombre, porque si se escapa pagarás con tu vida o me darás un talento de plata". Pues bien, mientras estaba ocupado en una y otra cosa, el prisionero desapareció». El rey de Israel le respondió: «¡Tú mismo has pronunciado tu sentencia!». Inmediatamente el profeta se quitó el pañuelo que tenía sobre los ojos y el rey de Israel lo reconoció como uno de los profetas [¡acabáramos!, que lo de la paliza debía de ser para aparentar que venía de guerrear; quería sangre de verdad, nada de atrezo y maquillaje]. Entonces dijo al rey: «Escucha esta palabra de Yavé: "Como dejaste que escapara el hombre [el rey de Siria] que yo había condenado al anatema [a ser asesinado], tu vida pagará por la suya, y tu pueblo por su pueblo"». El rey de Israel se fue muy desmoralizado y de muy mal humor [no había para menos]; regresó a su casa en Samaría (1 Re 20,3543). Ya en casa, el rey de Israel se encaprichó de la viña de Nabot, pero éste no se la quiso vender y la reina, Jezabel, hizo que le lapidaran para que Ajab se la apropiara. A Dios no le gustó la maniobra, y entró en cólera por enésima vez, aunque ahora a través del profeta Elías. Ajab dijo a Elías: «¡Me pillaste, enemigo mío!». Elías le respondió: «Sí, te pillé, porque te vendiste para hacer lo que es malo a los ojos de Yavé: "Yo acarrearé sobre ti la desgracia. Barreré todo tras de ti, haré que desaparezcan todos los varones de la casa de Ajab, ya sean esclavos o ya sean hombres libres en Israel. Ya que provocaste mi cólera e hiciste pecar a Israel, trataré a tu casa como a la casa de Jeroboam (...)». También hubo una palabra de Yavé respecto a Jezabel: «Los perros se comerán a Jezabel al pie del muro de Jezrael. Aquel de la casa de Ajab que muera en la ciudad será devorado por los perros, y el que muera en el campo será comido por los pájaros del cielo» (...) Al oír las palabras de Elías, Ajab rasgó su ropa, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco puesto y andaba cabizbajo [muy listo el pájaro este; sin ser católico, ya sabía que aparentando arrepentimiento puede lograrse un buen descuento en el precio a pagar por el pecado]. Entonces se le dirigió a Elías de Tisbé una palabra de Yavé: «¿Te has fijado como Ajab ha hecho penitencia en mi presencia? Ya que ha hecho penitencia ante mí, no le haré sobrevenir la desgracia durante su vida, sino que acarrearé la desgracia a su casa durante la vida de su hijo [¿¡!?]» (1 Re 21,2029). Dios, de nuevo, dejó sin sanción al delincuente y reservó el castigo para aplicárselo a su hijo, que nada tenía que ver con el crimen paterno. A estas alturas, ya no queda la menor duda de que la idea que tenía Dios de la justicia era absurda, inicua, terrible e inaceptable. La palabra de Dios evidencia aquí su enseñanza: la obediencia debe ser ciega e irracional, la hipocresía, muda y alevosa.

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